Corresponsal en el infierno

 Antony Beevor y Luba Vinogradova (eds.).Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945
Ediciones Memoria Crítica, 2006
485 páginas

El momento en que Vasili Grossman estuvo más cerca de la muerte fue el 7 de octubre de 1941. De milagro escapó de los panzers alemanes que marchaban hacia Moscú. Era judío, vestía el uniforme soviético. Si lo apresaban recibiría un sumario balazo en la nuca. Sin embargo, cuando llegó esa noche al periódico donde trabajaba, su director lo mandó de vuelta al frente. Grossman obedeció. El puñal nazi se hundía hasta la empuñadura en el corazón de su patria, pero el escritor no evadió su obligación como periodista.

No era valentía, ni mucho menos amor por el régimen estalinista. Lo de Grossman era coraje moral. En la jerga periodística esto podrán traducirlo algunos como hambre suicida por el golpe, amor a prueba de balas por el oficio. Pero, en términos simples, Grossman no era nada más que un tipo decente. Así lo demostró en los más de mil días que cubrió el Frente Ruso, durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía como enemigo a Hitler. En la retaguardia, como implacable editor, a Josif Stalin. Sorprendentemente, sobrevivió para escribirlo.

Grossman buscaba retratar lo que él llamaba “la verdad despiadada de la guerra”. Así lo atestiguan sus despachos periodísticos, anotaciones personales y cartas, las cuales, posteriormente, sirvieron de materia prima para sus novelas. Tal como ocurrió con sus obras literarias, gran parte de ese material se mantuvo por décadas inédito. Hasta que lo rescató del olvido el destacado historiador británico Antony Beevor, autor de los aplaudidos relatos bélicos Stalingrado y Berlín. La caída.

Aunque lo haya sido, el encuentro no parece casual. Grossman es al periodismo de guerra lo que Beevor es a la reconstrucción histórica de las grandes conflagraciones. Ambos destilan la misma precisión por recrear hasta los hechos más irrelevantes y cotidianos, para no perder de vista que toda guerra es una multiplicación de sufrimientos individuales, donde seres concretos viven y mueren anónimamente. De haber estado en las botas de Grossman, Beevor se habría obsesionado con lo mismo.

Sólo en este libro Beevor deja de lado esa vocación por la historia pequeña. Acá, esa tarea es de Grossman, el testigo privilegiado que acompañó al Ejército soviético desde Stalingrado hasta las entrañas de Berlín. Incluso, Grossman da cuenta del afán de los soldados soviéticos por conseguir alcohol en medio de las balas, además de las incontables deserciones. Así, busca aproximarse al alma rusa, hombres y mujeres que a su juicio viven la guerra en la más profunda depresión o en el optimismo más infantil. “Nosotros los rusos no sabemos vivir como santos, sólo sabemos morir como santos”, afirma en un pasaje.

Por su parte, Beevor se limita en el libro a intercalar entre cada relato párrafos o introducciones contextualizadoras. El británico sólo interviene como editor, para situar, traducir o explicar los giros estratégicos del conflicto. En los momentos cruciales el relato es un dueto, con Grossman a cargo de revivir la cotidianeidad de las batallas, mientras Beevor aborda los hechos en su perspectiva histórica.

La pluma de Grossman es detallista, pero jamás busca posar de objetiva. El soviético de origen judío es otra víctima de la guerra. En los extractos de sus cartas se pregunta por la suerte de su madre. La anciana judía había quedado atrapada en la ciudad ucraniana de Berdichev, en manos de los alemanes. No tenía noticias de ella. Presentía que estaba muerta y se sentía culpable por no socorrerla a tiempo.

“Una guerra de ratas”. Con esas palabras un general ruso llamó al sitio alemán sobre Stalingrado, pues los combatientes luchaban a quemarropa y parecían haber perdido toda señal de humanidad. Grossman fue el corresponsal que más tiempo estuvo en el asedio. Tal como Beevor en Berlín. La caída, el ucraniano se obsesionó con los francotiradores soviéticos. Entrevistó al más famoso, Vasili Zaitsev, y lo acompañó de cacería. Tomó apuntes mientras el soldado reventaba alemanes desde una azotea. Zaitsev fue interpretado por el actor Jude Law en Enemy at the Gates, el film perpretrado por el director Jean-Jacques Annaud. Con sólo lápiz y papel, Grossman retrata mejor el sitio de Stalingrado que la superproducción del francés estrenada en 2001.

Durante la liberación de su Ucrania natal, Grossman supo por primera vez del exterminio nazi contra los judíos. Cuando en enero de 1944 fue liberado el pueblo de su madre, no tenía esperanza de encontrarla viva: la mayor parte de los judíos habían sido masacrados y enterrados en fosas comunes, a menudo con la colaboración de civiles ucranianos. Entonces se propuso inmortalizarla como personaje de una de sus novelas. Una vez que él estuviera muerto, pensaba, el recuerdo de ella podría seguir viviendo en la mente de otros.

Finalizada la guerra, escribió dos cartas a su progenitora. “He tratado decenas o quizás cientos de veces de imaginarme cómo moriste, cómo caminaste hasta encontrar tu muerte. He tratado de imaginar a la persona que te mató. Fue la última persona que te vio viva. Sé que estarías pensando en mí en aquel momento”, dice en una de ellas.

Grossman murió en el verano de 1964, olvidado y casi sin amigos. Poco antes, las autoridades soviéticas prohibieron su obra maestra, la novela Vida y destino, sobre la batalla de Stalingrado. A pesar de que Stalin llevaba una década bajo tierra, las similitudes entre nazismo y estalinismo fueron consideradas inaceptables. Sus otros libros fueron también confiscados. Como escritor y novelista, el tipo era demasiado decente para su época.

Vida y destino, considerada una obra cúspide de la literatura rusa del Siglo XX, sólo fue publicada tras el colapso de la Unión Soviética. La promesa de Grossman a su madre se vio cumplida: ella retornó a la vida en la novela, como el personaje de Anna Shtrum, una madre judía entregada a los nazis por sus vecinos ucranianos. Ahora, gracias a Beevor, la abnegada mujer vuelve a vivir, pero con su nombre verdadero.

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