La máquina de moler carne

Es una ironía que mientras más intenso se ha vuelto el debate en esta época sobre los resguardos a la vida privada de las personas, mayor sea la cantidad de gente resuelta a exponerla hasta con impudicia en los medios. Nunca como ahora fue tan vigorosa la alianza entre la industria productora de escándalos y el periodismo que, además de cubrirla, la nutre, la regalonea y le garantiza un buen pasar. Es cierto que como telón de fondo están el morbo y la curiosidad de las audiencias. Pero eso siempre fue así y no ha cambiado gran cosa.

Lo nuevo va por otros lados. Va por la posibilidad que ofrece el negocio de la farándula al zorrerío local de entrar, aunque sea por un rato, al club de los famosillos a través de vías que se relacionan con la vida privada. Nunca sí, nunca con el talento, el mérito o la virtud; entrar por estas puertas no es la gracia. La novedad también va por la divertida confusión entre los famosillos y los rostros de la televisión. A estas alturas ya es difícil identificar quién es quién. Los rostros también son famosillos, a veces incluso más que los famosillos propiamente tales, y por eso si un día no están de anfitriones en un canal es porque están de invitados en el del lado. Los famosillos, a su turno, con frecuencia también son rostros, y eso con legítimo derecho los instala tanto en la pantalla como en la planilla de los canales. Esta dinámica de la televisión chilena recién comienza. Prepárense: falta todavía mucho para topar fondo.

La pregunta de rigor sobre el porqué diablos la vida privada, ahora mucho más que antes, se ha vuelto un mercado de tanto tráfico y transacción permanece en el misterio. Los más viejos dicen que esto no siempre fue así. El chisme, la indiscreción, el cotilleo, podrán ser tan antiguos como el hilo negro y sus huellas estar inscritas en la historia de los cafés, las peluquerías, plazas o sacristías de medio mundo. Como portentosos mentideros, fueron qué duda puede caber grandes conductos de intromisión en la vida de los demás. Pero fueron conductos de corto alcance: el barrio, el pueblo, la oficina. Ahora no. La farandulización de múltiples actividades es asunto nacional. Partiendo por el mundo del espectáculo y siguiendo con el deporte, la política, los negocios, el modelaje o las artes, el nuevo escenario habla incuestionablemente de un fenómeno que es de hoy y que no se explica diciendo simplemente que ahora la gente es más copuchenta. Tendría que haber algo más.

¿Qué es? Hay varias interpretaciones. Una de ellas se sustenta en los 15 minutos de fama que anticipó para cada cual Andy Warhol en la sociedad global. Si así fuera, todos estamos en la cola y algún día, democráticamente, nos tocará. Una interpretación más benévola podría decir que esta época sobrevalora tanto la virtud de la autenticidad que la sociedad ha de mantenerse en guardia para exigir de sus líderes e íconos coherencia milimétrica entre el discurso público y la conducta privada. Otra aproximación pone énfasis en la crisis de las ideologías, en el vacío que generó su derrumbe y en la privatización de la información que instaló después una nube de sopor en la conversación pública, la cual pareciera disiparse sólo cuando la gente llega a enterarse de quién anda con quién. Otras miradas invitan a indagar en el tema de la venganza de la gente de a pie contra las élites en general, y en particular contra los que van de triunfadores por la vida. No se necesita mucha agudeza para reconocer que el sensacionalismo centrado en la vida privada de los famosos y famosillos es una máquina de moler carne, una factoría especialmente cruel para producir juguetes rotos, con ensañamientos, sacrificios y matanzas que al final no difieren gran cosa de lo que se veía en el circo romano. Circo y sangre.

Nos gusta pensarnos evolucionados, tecnológicos, globalizados y modernos. Pero todavía estamos más cerca de la caverna de lo que creemos.

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