El cataclismo y los pingüinos

¿Por qué será que cada vez que se toca la vida privada de alguien nos sentimos al borde del cataclismo? ¿Será esa, después de la inexactitud, la peor de las acusaciones que se le puede hacer a un periodista?

En este trabajo no tenemos tantas constantes como en otros. Digámoslo con franqueza: mientras otros están haciendo operaciones o construyendo puentes, nuestro trabajo el básico, el piso desde donde empezamos  es hablar con alguien, que esa persona nos cuente lo que tiene que contarnos y luego escribirlo. No tendría que haber riesgos mortales en esto. No hacemos puentes defectuosos que se pueden caer, ni operaciones que terminen con las vidas de nuestros pacientes.

Pero la gente tiende a pensar que somos más peligrosos que médicos e ingenieros. O que los soldados, que tienen a su cargo los arsenales de nuestras sociedades y manipulan  explosivos y fusiles todos los días de la semana, cuando no armas de destrucción masiva. Nosotros, los periodistas, somos los peligrosos. Diana de Gales, Daniel Calvo, Yoko Ono, las gemelas Campos, Shannon Campbell y un largo etcétera estarían entre nuestras víctimas.

Sería largo hablar de cada uno de esos casos. Lo que sí me llama la atención es la sensación de catástrofe que embarga a cada uno de ellos. O de traición, cuando lo que se toca explota en las manos de fuentes y periodistas.

En este trabajo no existen muchas constantes. Hablo de fórmulas. Sí, hay moldes: cómo se hace una entrevista (El señor X se sienta en su oficina y mira las chimeneas de su empresa); cómo se plantea una nota con drama humano (la señora Juanita nunca pensó que esa noche) y un largo etcétera. Nuestro repertorio, la verdad, siempre será limitado y por eso siempre estamos inventando formas nuevas, algunos con más éxito y fluidez que otros. Nuestras fuentes también tienen sus fórmulas de respuesta cuando estalla una crisis. ¿Quién no ha escuchado el soy padre de familia cuando se acusa por la prensa a alguien? ¿O el país me conoce? ¿Les suena haber oído a alguien explicando su vida en tercera persona cuando está en problemas?

Bueno. Lo que dicen es cierto, y ahí está precisamente la trampa. Tienen familia, y la tienen tanto que hasta puede ser objeto de investigación. Los últimos capítulos de la millonaria biografía de Augusto Pinochet lo prueban, al punto que la investigación judicial se centra en esa familia. La investigación, por decirlo así, nace precisamente porque existe una vida familiar o privada que de golpe y porrazo ha entrado en la cosa pública, y sólo es posible explicar el episodio metiéndose por la ventana.

Ojo: no es justificación de búsqueda en sábanas ni en camas ajenas. No se trata de justificar el fisgoneo detrás de las paredes ajenas. Pero  ¿qué hay cuando lo que gatilla el interés público está precisamente allí?

Pongo un caso: una mujer que dice ser novia de un empresario archimillonario cae presa en un aeropuerto de provincia con una pistola. Eso es un hecho público. Hace unas semanas otro señor andaba con una pistola en Pudahuel y salió en todos los diarios, a diferencia de ella. Sigamos con el ejemplo de la señora: le dice a la policía que la pistola se la entregó su pololo, el empresario Luksic, que niega el vínculo y dice que sólo son amigos. Eso queda en el proceso y llega hasta la Corte de Apelaciones, que ordena precisar la relación para saber qué andaba haciendo con el arma y quién se la había pasado. Todo esto que cuento fue registrado en audiencias públicas y financiado (la investigación, claro) con fondos estatales. ¿Es eso meterse en la vida privada de alguien?

Pongo otro ejemplo: hace unos meses, medio millón de escolares se tomaron el país. ¿Nadie se ha preguntado quiénes son? Hablan y escriben de una forma que apenas entendemos; escuchan músicas que desconocemos (¿puede alguno de ustedes explayarse cinco minutos sobre las influencias musicales que hay en la obra del Gepe?). ¿A nadie le llaman la atención? ¿Nadie quiere saber sus vidas, darlos vuelta, vaciarles los bolsillos para saber si comen chicles o candys? ¿Preguntarles a sus padres qué edad tienen o si los dejaban ver Viva el Lunes cuando empezaban a caminar hace siete años?

¿Eso no es vida privada?

Sigue con...