Cinco encuentros con Sergio Pitol

1.
EMPEZARÉ POR REMEMORAR EL MOMENTO DEL conocimiento verdadero, el reconocimiento del espíritu, la epifanía (disculpen la enfática expresión) de Sergio Pitol. Fue en la nochevieja de 1970, en la fiesta que glosó magníficamente José Donoso en el capítulo séptimo de Historia personal del boom, famosa entre los estudiosos y aficionados a la literatura latinoamericana, cuya primera edición Anagrama publicó en 1972.

Pepe Donoso dictamina: “Para mí el boom termina como unidad, si es que alguna vez la tuvo más allá de la imaginación y si en realidad ha terminado, la nochevieja de 1970 en casa de Luis Goytisolo en Barcelona, presidida por María Antonia (…) Cortázar, aderezado con su flamante barba de matices rojizos, bailó algo muy movido con Ugné, los Vargas Llosa, ante los invitados que les hicieron rueda, bailaron un valsecito peruano, y luego, a la misma rueda que los premió con aplausos, entraron los García Márquez para bailar un merengue tropical. Mientras tanto, nuestra agente literaria, Carmen Balcells, reclinada sobre los pulposos cojines de un diván, se relamía revolviendo los ingredientes de este sabroso guiso literario, alimentando, con la ayuda de Fernando Tola, Jorge Herralde y Sergio Pitol, a los hambrientos peces fantásticos que en sus peceras iluminadas devoraban los muros de la habitación: Carmen Balcells parecía tener en sus manos las cuerdas que nos hacían bailar a todos como a marionetas, quizás con admiración, quizás con hambre, quizás con una mezcla de ambas cosas, como contemplaba a los peces danzantes en sus peceras”.

En apoyo de su tesis, Donoso cuenta cómo la discrepancia política con respecto a Cuba, a raíz del caso Padilla, “rompió esa amplia unidad”. También es posible que los éxitos respectivos literarios y comerciales, de tonelajes diversos, hubieran contribuido a instaurar, por utilizar un verso de Gil de Biedma, “una cierta tendencia retráctil”.

Mientras, en la casa abierta de los Goytisolo iban desembocando grupos de amigos procedentes de otras fiestas. Y en uno de ellos iba, felizmente achispado, Sergio Pitol. Y Sergio y yo nos encontramos en un momento de la velada en un observatorio privilegiado, junto a la entrada del salón, y empezamos a comentar la sabrosa jugada, y a competir en un torneo cada vez más disparatado, cada vez más carcajadas, rivalizando en maldades, en pérfidos comentarios respecto a las reacciones de los Grandes Protagonistas de la velada, pero just for fun, para vacilar, para pasarlo bien: es decir, perfecto. No sé si, como sugiere tentativamente Donoso, allí se terminó el boom (me parece una voluntad de geometría discutible en un fenómeno tan poco manejable), pero sí fue para mí el inicio de mi gran amistad con Sergio. Desde aquella madrugada, mi nuevo amigo no fue sólo un prometedor escritor latinoamericano, un colaborador de las mejores editoriales barcelonesas, un lector voraz y un amigo de tantos amigos. Para mí, Pitol ya fue Pitol. En otros escritos he rememorado este encuentro “fundacional”.

Sergio me contó mucho después que su primer recuerdo conjunto, nuestra primera conversación literaria fue a propósito de los Diarios de Gombrowicz, que yo quería publicar, pero en el camino de la minúscula Anagrama de entonces se cruzó la poderosa Alianza Editorial de la época. Un autor, Gombrowicz, de quien pude publicar varios textos en los Cuadernos Anagrama y más adelante rescatar su Testamento, en forma de conversaciones con Dominique de Roux, y más adelante incluso su novela Transatlántico, traducida precisamente por Pitol. Seguro que, tal como recuerda Sergio, tuvimos esta olvidada conversación, ya que Gombrowicz era un tema recurrente, pero decir que la memoria es traicionera es quedarnos en una obviedad demasiado obvia: sabemos todos que la memoria hace lo que le da la gana.

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2.
Luego Sergio estuvo un tiempo, después de sus felices días en Barcelona, en la Embajada de México en París, en los años 70, cuando el titular era Carlos Fuentes. Lo vi allí sólo una vez, apenas una hora durante un viaje. Estaba nervioso, nada eufórico: debía ir a recoger a algún personajillo o personajón al aeropuerto, una de sus frecuentes y aburridas actividades laborales, que interferían irritantemente en la escritura. Regresé deprimido yo también.

3.
Uno de los mejores recuerdos que tengo de la relación con Pitol fue en su época de la Embajada de México en Praga. Después de una larga carrera diplomática con cargos más subalternos, asesor cultural, generalmente, su destino final fue embajador en Praga, donde nos invitó a Lali y a mí a pasar dos semanas en la embajada, en agosto de 1984. Yo había estado ya en Praga unos pocos días, bastantes años antes, y me pareció la ciudad más hermosa del mundo, pero recorrerla con calma de la mano de un inmejorable cicerone como Sergio fue un privilegio. Su trabajo en la embajada no era muy agobiante, por lo que, excepto las mañanas, tenía todo el tiempo para nosotros.

Además de un viaje ritual a Karlovy Vary (escenario imposible de El año pasado en Marienbad), visitamos todos los lugares posibles, desde el cementerio judío hasta la iglesia de aquel enigma de infancia llamado el Niño Jesús de Praga, memorabilia de Kafka y del Golem, librerías, cafés y restaurantes, y sobre todo paseamos y paseamos por la maravillosa ciudad. Y luego largas charlas sobre literatura: desfilaron Kusniewicz, Roth, Schnitzler, Lernet-Holenia, Magris… Y allí leí la edición mexicana de Juegos florales, que me gustó mucho, y le sugerí algún cambio de poca monta que se incorporó a la edición de Anagrama unos años después.

Asistimos también a uno de esos acontecimientos tan rituales como es una cena de embajada. Como nos pronosticó Sergio, los diplomáticos invitados aparecieron juntos, de sopetón, uno o dos minutos antes de la hora de la invitación. Durante la cena, small talk como norma, y después una serie de breves discursos, coronados por el de Sergio, muy en su papel. Luego la gente se despidió también en bloque: estrategias de la vida diplomática para sobrevivir. Esas cenas, como es lógico, generan mucho stress en el servicio doméstico. Estábamos con Sergio en el salón, bromeando sobre la experiencia, cuando oímos alaridos en la lejana cocina, con las voces de la cocinera, las doncellas, el chofer. Sergio se puso en pie como un resorte y dando palmas se acercó a la cocina: “¡Todo espléndido! ¡Todo muy bien!” La tormenta quedó desactivada.

El día en que nos fuimos, llegaban para tomar el relevo de invitados Cristina Fernández Cubas y Carlos Trías, amigos comunes de Barcelona. Foto conjunta de despedida y el chofer de la embajada, tras el trabajoso pase de frontera, nos llevó a Viena, donde nos esperaban otros queridos amigos, José María Riera de Leyva y Alejandra de Habsburgo, para seguir con unas vacaciones monográficamente mitteleuropeas.

4.
Otro recuerdo, muchos años después, cuando aterrizó definitivamente en México después de sus exilios. Había comprado una bellísima casa racionalista, que le ayudó a decorar su gran amiga Luz del Amo, en Temisco, un pueblito cerca de Cuernavaca. Cuando llegamos tuvimos que sortear hordas de una romería que iba, según la costumbre, a un balneario vecino. Sergio se desencantó pronto del lugar (demasiado lejos de sus amigos, demasiado cerca de turistas indeseados) y decidió vender la casa. Y precisamente el día en que Lali y yo lo visitamos estaba con Luz esperando la visita de un posible comprador interesado. Su llegada se fue demorando, empezamos a bromear acerca del esquivo Godot, que finalmente, muy tarde, apareció, y nosotros dejamos a Sergio y Luz con los tratos.

Lo ví en París sólo una vez, apenas una hora durante un viaje. Estaba nervioso, nada eufórico: debía ir a recoger a algún personajillo o personajón al aeropuerto, una de sus frecuentes y aburridas actividades laborales, que interferían irritantemente en la escritura. Regresé deprimido yo también.

El resultado fue que Sergio se instaló en una amplia y magnífica casa en la plaza de la Conchita, en el centro de Coyoacán, el barrio donde vivían tantos amigos, Margo Glantz, Juan Villoro, Vicente Rojo, Neus Espresate y tutti quanti. Y muy cerca estaba la librería El Parnaso, con su terraza como lugar de encuentro. Íbamos desde su casa andando, excepto Sergio, que a menudo volaba arrastrado por su brioso perrazo Sacho que se había traído de Checoslovaquia. Nos sentábamos en la terraza con el corazón en un puño pensando en el paseo, previsiblemente trompicado, de regreso a casa. Sergio tenía por Sacho un amor casi incomparable, sólo superado por el que tenía por su Tulip nuestro admirado escritor británico Ackerley, de quien tradujo para Anagrama su novela Vales tu peso en oro. Y fue a causa de la salud de Sacho por lo que Sergio decidió abandonar el Distrito Federal y su asesina contaminación.

Entonces regresó a una geografía cercana a sus orígenes: Xalapa, donde tiene una casa estupenda en la que nos ha acogido varias veces. Allí trasladó su magnífica colección de cuadros, desde los que había traído de sus estancias en Europa, en especial de pintores centroeuropeos, y también los de grandes artistas mexicanos de su generación, los Toledo, Soriano, Rojo, Cuevas. Pero al poco tiempo los tuvo que vender: la humedad de Xalapa era muy difícil de combatir y corrían el riesgo de arruinarse muy deprisa. Y con el producto de los cuadros, nos dijo, hizo una adquisición bien exótica: unos extensos jardines, con bambúes gigantescos, pero situados a unos cuantos kilómetros de la ciudad, que visitaba asiduamente y donde se había construido una casita, una isba, donde a veces se refugiaba para escribir en paz.

En Xalapa tenía su biblioteca, cuyos volúmenes se hacía encuadernar en piel por un artesano del lugar, ordenadísima, al igual que estaban ordenadísimos sus archivos y carpetas, para gran envidia mía. Y también una amplia selección de videos, recuerdo haber visto una adaptación poco memorable de su novela La vida conyugal y también un film de Derek Jarman sobre su amado Caravaggio, gran pintor y bad boy. Y un detalle: la visión estaba dificultada en la pantalla por un rectángulo opaco en la parte superior, Lali lo comentó, Sergio tocó unos cuantos botones sin éxito para eliminar la mancha, y finalmente Lali se acercó y vio que era una etiqueta de considerable tamaño adherida desde la compra del televisor, la quitó y pudimos ver la película normalmente. Sergio es tan negado como yo para trajinar estas cosas. Cuando amplió la casa, el cinéfilo Sergio se hizo un cine: una amplia habitación con pantalla incorporada.

Xalapa era el punto de partida para las excursiones, entre ellas, atravesando zonas cafetales, al puerto de Veracruz, donde tomamos julepes de menta bajo los porches, asediados y envueltos por la música callejera. Paseando por la cálida ciudad, oímos una música, entramos en el edificio, que resultó ser una maravillosa escuela de danzón: niños y niñas, y algunos apenas adolescentes, bailando muy seriamente las figuras obligadas bajo la severa mirada del profesorado. Por la noche, el espectáculo de los adultos bailando en una plaza era mucho más prosaico. Otra experiencia era visitar el puerto con los varones vigilantes. Cuando aparecía alguna muchacha cuyo pelo no fuera absolutamente negro azabache, sólo se oía un gran estrépito: “¡Güera, güera, güera!”. En otra excursión visitamos el taller del extraordinario ceramista Gustavo Pérez, ya consagrado en Europa por sus obras tan sutiles y elegantes (una de ellas en nuestra casa).

Desde hace años, cuando vamos al DF, nos encontramos ya la primera noche con Sergio en su hotel preferido, el María Cristina, antiguo y algo destartalado, donde le tratan con refinada deferencia, junto al paseo de la Reforma. Al día siguiente desayunamos juntos y, acompañados por Guillermo, su chofer de tantos años, hacemos el recorrido por las librerías, empezando por Insurgentes Sur: Gandhi, Fondo de Cultura, el Sótano, el Parnaso, la de nuestra distribuidora Colofón. Y luego, en otros rumbos, la Gandhi de Las Lomas, En un lugar de la Mancha, En otro lugar de la Mancha, Casa Lam, las dos del Péndulo y la última joya, la librería del Fondo en la Colonia Condesa, una de las más hermosas librerías de América Latina.

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5.
En un viaje, sin embargo, a principios de agosto de 2006, se alteró la tradición. Sergio nos vino a buscar al mismo aeropuerto, muy excitado: al día siguiente, domingo, había la gran marcha de apoyo a López Obrador, el candidato de la izquierda, del PRD, que desembocaría en el Zócalo.

Así que a la mañana siguiente nos unimos a la marcha en Reforma. Pocos días antes, Sergio y su gran amigo Carlos Monsiváis habían redactado un manifiesto, que leyó este último. Ambos, junto a López Obrador, presidieron el acto, que tuvo una gran convocatoria y repercusión.

Ello le dio a Sergio una nueva y muy considerada popularidad, como tuvimos ocasión de comprobar. Íbamos andando los tres por el centro de la calzada, pero Sergio era interrumpido constantemente: le felicitaban emocionados, le pedían que les firmara algún papel, que posara con algún niño o con la familia para una foto. Y Sergio como un santón ruso rodeado por sus fieles. En un momento dado, López Obrador y su comitiva se acercaron por una calzada lateral, entre los vítores de los manifestantes. Sergio se había situado con Lali junto a la acera, López Obrador, el Peje, lo vio al pasar y corrió a abrazarlo y de paso a Lali. Llegamos trabajosamente al Palacio de Bellas Artes, las calles que seguían hasta el Zócalo estaban colapsadas, por lo que decidimos almorzar en Bellas Artes. Y desde varias mesas se acercaban a reverenciar al maestro Pitol, se iban a la librería y compraban ejemplares de sus obras para que las firmara: “Cuídese, maestro precioso”, le dijo una aguerrida y conmovida ciudadana.

Quizá nunca he visto a Sergio tan feliz, como si viviera un mayo del 68 casi cuarenta años después, un coup de jeunesse. Pero la situación cambió dramáticamente: López Obrador decidió el llamado “plantón”, colapsando el tráfico en todo el centro de México, desoyendo las opiniones de muchos, empezando por Monsiváis y Pitol. Al día siguiente tuvimos una comida en casa de Margo Glantz con muchos amigos que habían apoyado a López Obrador y la consternación era general ante el grave error cometido, que significó el fin de las esperanzas depositadas en el líder del PRD.

En estos últimos años a Sergio le han llovido galardones y reconocimientos. Así, hace poco, un homenaje en Bellas Artes de México por sus 75 años, rodeado por toda la corte de incondicionales: Monsiváis, Margo Glantz, Bellatin o Álvaro Enrigue entre ellos. Y ahora este coloquio internacional, aquí en Burdeos, a cuyos organizadores quiero felicitar por su estupenda iniciativa.

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