Céline: jinete del Apocalipsis

Agosto de 1944: Louis-Ferdinand Céline llega a Sigmaringen, ciudad termal en las orillas del Danubio, en donde Hitler ha decidido recluir al «gobierno amigo» de Pétain y Laval ante el avance de los aliados en Francia. Céline, con su mujer y su gato, arriba a Sigmaringen tras un largo y penoso viaje de más de dos meses, la mayor parte del tiempo caminando de noche para evitar ser reconocidos, aunque era bien improbable que alguien hubiese podido reconocer en los caminos devastados por la guerra al autor de Viaje al final de la noche, uno de los libros más aclamados de los años treinta. En la vida real, perdónese el pleonasmo, Céline es Ferdinand Destouches. Profesión: médico. Especialidad: infectólogo, con vasta experiencia en policlínicos suburbanos. Conoce bien la miseria de las «poblaciones» que en aquellos años rodean París: gonorrea, sífilis, tuberculosis; Céline, el escritor, retrata magníficamente bien la miseria humana a la que desde muy joven está acostumbrado. Esto, y su francés hablado, directo, violentamente nihilista, explican el éxito del Viaje, como le llaman los franceses al Viaje al final de la noche. Sartre lo entroniza; Elsa Triolet, la mujer de Aragon y cuñada de Maiakovski, lo traduce al ruso. El mundo lo aclama.

¿Después? Nada. Otra novela. A mi jucio, aun mejor que el Viaje. Título: Muerte a crédito. ¿Tema? La infancia de un hijo de pequeños comerciantes –pobrísimos, arribistas, antisemitas ya– en el París de 1900. Un retrato vitriólico de Francia al despuntar el siglo. ¿Ventas? Insignificantes. Críticas: pésimas. Ahí comienza quizás el malentendido de Céline con Francia: es difícil decirle a un país que es sombríamente siniestro, que sus clases proletarias son taradas y sus clases pudientes asesinas, venales, concupiscentes… en época de nacionalismo heroico.

Para arreglar las cosas, con ese sentido de la catástrofe tan particular, Céline le entrega a su editor, en 1937, el primero de tres panfletos antisemitas: Bagatelas para una masacre. Poco después vendrán La escuela de los cadáveres (1938) y Sábanas limpias (1941), textos que hasta el día de hoy no se han vuelto a editar. Entre otras perlas, en ellos escribe que «15 millones de judíos se culearán a 500 millones de arios», y también: «… el ruso es un carcelero nato, un chino torturador fracasado (…) solo el judío está a su altura, basura de Asia, basura de África, están hechos para casarse…».

Así se transforma en un monstruo el autor que Sartre ensalzaba como un humanista lúcidamente desencantado, aquel que Aragon y Triolet presentaban como la revelación de la literatura francesa en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, en agosto de 1934, y que suscitó el violento rechazo de Gorki, quien afirmó: «La literatura burguesa está destinada a desaparecer, prueba de ello es Viaje al fin de la noche, de LouisFerdinand Céline».

Durante el verano de 1944, en Sigmaringen, mientras espera poder llegar a Dinamarca, donde ha mandado a guardar unas monedas, la única fortuna que le queda, el doctor Destouches atiende a los miembros del gobierno de Vichy en el exilio. Pétain, Laval y otros nazis franceses sufren de espantosas diarreas provocadas por la dieta: los alemanes les dan de comer lo único que queda, betarragas. Una experiencia que podemos leer en la más importante novela sobre el infierno, De un castillo al otro, que Céline publicará tras salir de la cárcel de Copenhague, donde pasa dos años, acusado de colaboracionismo

Mauricio Electorat es escritor y profesor de la Escuela de Literatura de la Universidad Diego Portales. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, su novela La burla del tiempo recibió el premio Biblioteca Breve de Seix Barral en 2004 

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