Cebrián y las réplicas

Juan Luis Cebrián. El pianista en el burdel
Círculo de lectores, 2009
200 páginas

El 27 de febrero, de regreso de mis vacaciones, me encontré con la grata sorpresa de que había llegado el libro El pianista en el burdel de Juan Luis Cebrían. Mañana mismo lo leo, me dije…

Horas más tarde un terremoto desencadenó una energía equivalente a 20 bombas nucleares, dejando a la vista grandes zonas donde existía una miseria vestida de dignidad que, por lo general, los medios de comunicación habían omitido.

No solo estuvimos varios días sin luz ni agua. En un país donde hay igual cantidad de celulares que de ciudadanos (17 millones), como si se hubieran derrumbado los postes virtuales, estos teléfonos enmudecieron.

Ni hablar del silencio informativo. A eso de las 11 la mañana un ruido me produjo un nuevo sobresalto. Pero no era otro sonido de la tierra, era el diario El Mercurio que pese a todo arrojaba mi ejemplar de suscripción al jardín, como todos los días. Pero lo que la distribución pudo sortear en tan precarias circunstancias, el periodismo no. El principal titular era “Empleo crece por primera vez en 12 meses”. Si la naturaleza puede ser cruel, las circunstancias, sumamente irónicas, sobre todo para una sociedad que ha sido llamada de la información. Como sea, en los siguientes días la prensa mejoró su desempeño. Su dificultad de informar oportunamente se equilibró con sus condiciones para hacerlo en profundidad.

Lo que resultaba indiscutible es que se habían remecido también los cimientos del periodismo. El pianista en el burdel se convirtió para mí una guía para observar este crítico momento y sus implicancias desde la perspectiva de los medios. Desde los primeros capítulos, Cebrián analiza la evolución de la prensa, nacida de la mano de la sociedad industrial y pilar básico para el desarrollo de la democracia, hasta los difíciles momentos que vive en la actualidad sometida a la tensión de renovarse para no morir. Las condiciones extremas producidas por el terremoto hicieron más evidente esa necesidad, así como la urgencia de encontrar un lenguaje, una función y un modelo de negocios que le sean del todo propios para seguir siendo la plaza pública de la civilidad.

En mi opinión, la televisión tampoco estuvo a la altura de las circunstancias o más bien en esas circunstancias no tuvo ninguna altura. Lentitud para llegar a la zona devastada y reiteración de imágenes sin valor agregado fueron la tónica, lo que no impidió que las audiencias permanecieran imantadas a su alrededor. Pasada la perplejidad –comprensible por la magnitud del cataclismo–, hubo ausencia de debate. Como sostiene Cebrián, “una mayor abundancia de información no significa, necesariamente, una mejor información, y quizás por esa vía podamos descubrir algunas de las nuevas misiones mediadoras del periodismo entre la sociedad y los individuos: la del análisis, explicación y selección de los hechos; la del descubrimiento de aquellos datos que existen y son públicos pero ninguno conoce, porque están al alcance de todos pero nadie sabe cómo llegar hasta ellos”.

Esta personal experiencia de lectura muestra que El pianista en el burdel es un libro con varios niveles, que aporta una reflexión pero también estimula a aventurarse en una propia. Sus capítulos no apuestan a estructurar una tesis, sino a provocarla. Figura principal en los últimos 40 años, Juan Luis Cebrián no se ha dejado devorar por la vorágine del periodismo, conservando una mirada atenta y crítica frente a un quehacer que a todas luces le apasiona.

“No le digan a mi madre que soy periodista, prefiero que siga creyendo que soy pianista del burdel”, dice el dicho popular que inspira el título. Tengo que decir que este pianista es muy afinado y que su burdel seduce sobre todo con la inteligencia. Que nunca pierde la ironía y que este libro es además una biografía intelectual involuntaria, si se quiere. Porque junto a su capacidad analítica, El pianista en el burdel se enriquece por su carácter testimonial, el retrato de una generación y de una época, todo lo cual termina por hacer de él una Crónica, con mayúscula.

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