Cartas abiertas a su Excelencia

Que yo sepa, inició entre nosotros el género del undercover journalism, y lo hizo con una forma literaria mestiza, un cruce entre reportaje de denuncia y carta abierta a un personaje público. En marzo de 1916, siendo director de La Opinión, Tancredo Pinochet Le Brun publicó, dosificando con talento melodramático el suspenso de la revelación y el crescendo de la interpelación crítica, “Inquilinos en la hacienda de su Excelencia”. La Excelencia aludida era Juan Luis Sanfuentes, presidente de Chile en ejercicio.

Pinochet Le Brun era un airado reformista social, un nacionalista anti oligárquico y, sobre todo, un intelectual convencido del papel fiscalizador de la prensa ante las manifestaciones de clasismo que derogan la ética igualitaria asociada a una democracia madura. “Inquilinos” expone ese mal social con el tono sombrío de un relato bíblico de degradación humana.

Diez meses llevaba Pinochet Le Brun recorriendo el país desde Santiago a Punta Arenas, cruzando en todos los sentidos su estratificado espacio social, escrutando hasta los pliegues, dice, de la vida nacional. Toma mate con los pobres, champagne con los ricos. Hoy duerme en un palacio; mañana, en un conventillo obrero, en el rancho de un campesino, en la covacha de un minero. Ahora (fines de 1915, comienzos de 1916) está de vuelta en Santiago y quiere despejar cualquier duda sobre su conclusión más lúgubre: el inquilino o el peón, “es una bestia de carga, un animal, no un ciudadano consciente de una república democrática”. Dice y repite esto: que han sido hundidos en la inconsciencia del salvajismo y que esa atrocidad cívica es responsabilidad de la clase dirigente. Respuesta de sus oyentes: oídos sordos, sospechas de parcialidad, intentos de desautorización.

Por eso, para disipar las dudas que habían levantado sus comentarios sobre la condición de los inquilinos, decide visitar una hacienda que, por sus características, fuera la prueba de fuego a su diagnóstico. Una hacienda en pleno valle central, vecina a Talca, cruzada por la línea férrea y con estación de trenes, propiedad de un hombre instruido, viajado, con conocimiento de otras realidades más adelantadas. Una hacienda, entonces, próxima a los oasis de la civilización, donde el atraso resulte más premeditado que el avance mismo.

El tránsito abrupto entre identidades sociales y entre categorías ocupacionales, la inmersión en ambientes extraños, el cambio de vestimenta como disfraz y el disfraz como un sello e incluso como un estigma de clase, y también como un punto de mira para captar realidades de otro modo inabordables: aun cuando todo esto posibilita el periodismo encubierto, Pinochet Le Brun aprendió sus trucos mucho antes de ejercerlo, a inicios de la década de 1900, cuando hace su viaje “plebeyo” a Europa y asume la identidad roñosa de un “perro proletario” de paseo por los “bajos fondos” de sus sociedades.

En “Inquilinos” alternan la ironía del crítico que adopta la máscara de la deferencia con una exposición sin estridencias pero desinhibida de la explotación económica y de la dominación social. Estas cartas abiertas no se limitan a denunciar la miseria en que viven los inquilinos y los peones que deambulan por los campos en busca de trabajo estacional. Además hacen de su degradación una experiencia documentada paso a paso, y en carne propia, por el hombre socializado en los valores y en los hábitos de la civilización urbana. Para reportear la verdadera situación de la hacienda, Pinochet Le Brun se mimetiza con los peones, se funde con el ambiente, se mantiene incógnito ante el administrador y los campesinos, para observar la realidad sin ser advertido. Con “Inquilinos” se erige en testigo presencial y testimonio vivo del drama de los campesinos.

El undercover journalism surge en el siglo XIX y desde entonces se asemeja al espionaje, salvo porque actúa sobre los espacios velados de la sociedad moderna, infiltrándose para contrabandear una información local de otro modo inaccesible. Los secretos sociales más que los secretos de Estado son su presa. Pinochet Le Brun extrajo de la hacienda de su Excelencia un puñado de imágenes que exhiben las condiciones de vida del pobre rural al tiempo que revelan los agravios de clase y sus repercusiones en la experiencia social del marginado.

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