Caramelos y niños

Es común que los niños no coman erizos aunque estén frescos. Tampoco es raro que un chico de menos de 10 años considere asqueroso el sabor de una cerveza bien helada. Se trata de gustos adquiridos. Pero no siempre ocurre al revés. Conozco personas con bastantes años en el cuerpo que sufren verdaderas adicciones al chocolate o los caramelos o determinada variedad de galletas. Tratar de arrebatarle una de estas golosinas a uno de estos personajes puede poner en perspectiva el cliché que indica que nada es más fácil que quitarle un dulce a un niño. Nuevamente el paso del tiempo.

En los últimos años he ido perdiendo gustos, sin adquirir ninguno nuevo. Por un problema a la piel dejé de comer carne roja, tomate, queso, chocolate y eliminé el humo de mi vida. Sin que ningún médico metiera la cuchara, me aburrí del ajo, del chicle y del yogur. Y ahora, los dulces. Saco la cuenta y en todo el año no he comido ninguno. Y ya estamos en mayo.

¿Qué me hizo abandonar el gusto por los caramelos? De un momento a otro ya no estamos en 1985 o 1986, cuando aún vivía en Valdivia y sentía algo parecido a la devoción por un lugar llamado confitería Tosty. Un negocio estrecho en una galería del centro, a pocos pasos de la calle Chacabuco, en el mismo pasillo largo donde por esos años había una tienda de útiles escolares, un videoclub y en el fondo un café.

Los escolares valdivianos ya no son arrastrados por sus padres a comprar cuadernos a esa galería y el videoclub como era esperable desapareció. El café creo que ahora vende botones. Lo mismo ha pasado con otros lugares del Valdivia ochentero que pasó por delante de mis ojos. Como el Hotel Schuster, la panadería La Baguette y la insuperable botillería Yungay, con su eterno olor a vino barato derramado, donde ahora el centro de estudios de Claudio Bunster montó un higiénico centro de extensión con techo plástico. Seguramente tuvieron que bañar el suelo en cloro durante semanas para eliminar el olor a vino. Y lo lograron. Ya no hay rastro de la Yungay. Fuera de nuestra memoria, claro.

Pero la confitería Tosty sigue en pie.

En esos años se vendían todo tipo de dulces, pero su producto estrella era el maní tostado. Algo que se puede adivinar de su no muy ingenioso nombre. Mi abuelo siempre fue un fanático del maní y tengo la sensación de haber estado con él comprando en la Tosty. O quizá no con él, sino que junto a mi mamá, pero comprándole maní a él. Eso es algo que definitivamente sí me gusta. Cuando alguien conoce los gustos de otra persona y sin que el otro lo pida, compra algo que provocará una pequeña alegría. Algo tonto, sin demasiada importancia más allá del deseo de provocar esa miniatura de la felicidad.

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Hace poco pensé en todo esto, porque andaba en busca de un comercial de radio que pudiera transportarme a un tiempo pasado. Pero sobre todo que me ayudara a recuperar una resbalosa sensación de un tiempo pasado que me costaba describir. Tras investigar un poco, alguien de mi equipo dio con un viejo casete en el cual estaba el pegajoso jingle de radio de la confitería Tosty. Puse play en mi computador e imaginé a mi hermana de cabra chica cantando el jingle, mientras sonaba en la radio de la cocina en la casa con patio en que vivíamos en la Isla Teja. La casa de nuestros vecinos de la época ahora es un banco. Recordé también el día en que fui con un amigo a robarnos unos dulces a la Tosty, lo que era una pésima idea por lo estrecho del lugar y nuestra evidente falta de experiencia en ese tipo de fechorías. Fracasamos sin llegar a realizar ni un solo intento más o menos serio.

La voz infantil que canta es aguda, casi chillona. Claramente trata de apelar a la sensibilidad infantil para que los niños acosen a sus padres hasta que le compren los caramelos que desean. Si hubiese nacido en Escandinavia probablemente sería una de esas publicidades que no habría escuchado nunca porque estaría prohibida por ley.

Cada estrofa arranca con una frase que me para los pelos por su ingenua falta de vergüenza: Confitería Tosty/ qué maravilla/ tanta dulzura/ para su vida.

Ni una palabra sobre los gustos que se pierden en la medida que el tiempo pasa. Quizá no se le puede pedir tanto a la publicidad.

Cristián Jiménez ha dirigido las películas Ilusiones ópticas y Bonsái. 

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