Cajas chinas

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El problema del género

Presentación de Alejandro Neyra

Uso un título ambiguo porque muchas veces la ambigüedad es la clave de la buena literatura, como la que trae consigo a la cátedra Roberto Bolaño Carmen Ollé, Premio Casa de la Literatura Peruana 2015, a quien me ha tocado la gran fortuna de presentar. No hablaré, aunque el título así lo evoque, de la literatura «de género» en cuanto «femenina»; creo que la propia Carmen Ollé no estaría de acuerdo en empezar una discusión sobre ello. Hablaré más bien sobre la dificultad de catalogar a los escritores más allá de los géneros –o casi diría de las etiquetas– pues autoras como Ollé –poeta, narradora, ensayista, y además docente– trae hoy a Santiago una obra que se expande más allá de los linderos clásicos de la poesía, que sin embargo es el género por el que ella resulta normalmente reconocida. Trataré de explicar estas ideas en la medida en que iré hablando de la literatura de Ollé.

José Güich, escritor y crítico peruano, señala que «en 1981, los corrillos literarios de Lima fueron sacudidos, desde sus cimientos, por un poemario titulado Noches de adrenalina. Su autora, la limeña Carmén Ollé, había nacido en 1947. Pertenecía por lo tanto a una promoción anterior de escritores, si nos atenemos a criterios cronológicos. Ese libro, por varias razones, influyó notablemente en el panorama de su tiempo y en los siguientes años, al inaugurar exploraciones insólitas o con escasos precedentes en nuestros predios».1

Esto que señala Güich ya es bastante decir, pues a fines de los sesenta y en especial en los años setenta, la poesía peruana había sufrido un remezón con la aparición de Hora Zero –colectivo en el que resaltan Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz, sus creadores, así como Enrique Verástegui, Tulio Mora, Róger Santiváñez, entre otros autores que entraron después al movimiento, del cual Carmen Ollé también llegó a formar parte. Este grupo asimiló la necesidad de incorporar al discurso poético el habla cotidiana y popular, intentando de alguna manera democratizar la poesía y acercarla a la calle y a quienes hoy se denominan ciudadanos de a pie (valga el comentario adicional sobre el contacto estrecho que tuvo Hora Zero con el infrarrealismo de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro en México, sobre el que Carmen podrá decirnos algo más).

Hago aquí una breve digresión que me parece necesaria para que se entienda el momento cultural, político y social que por entonces vivía el Perú: los años setenta son los de la dictadura militar de tinte socialista en primer lugar, y reformista luego de que el poder pasara de manos del general Juan Velasco al general Francisco Morales Bermúdez; y 1980 es un año clave en la política peruana, pues es el momento de la recuperación de la democracia, pero también el año en que aparecieron colgados perros en el centro de Lima, se produjeron atentados en Ayacucho el mismo día de las elecciones generales, y aparecieron pintas y se empezó a escuchar por primera vez de una agrupación de origen comunista cuyo nombre «Sendero Luminoso» –tomado de un texto de Mariátegui– marcaría junto con la crisis económica una de las peores décadas de la reciente historia peruana.

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Entonces es en este ambiente, en 1981, cuando aparece Noches de adrenalina, que convierte a Carmen Ollé –conforme señala el poeta Jerónimo Pimentel– en un «puente entre la generación de setenta y la del ochenta, pues asimila ella ese interés por incorporar el habla popular, y en su caso particular, es decir, desde su feminidad, da el salto con ese poemario inicial a lo que después será la poesía del cuerpo».Audaz, erótica, impúdica, transgresora; son muchas las denominaciones que se dieron a la poesía de Ollé luego de la publicación de Noches de adrenalina , poemario fundamental de la literatura peruana contemporánea. Pero esta poesía inicial de Ollé, vinculada a la exploración de la experiencia sexual y del propio cuerpo femenino, así como de la ciudad de Lima, caótica capital de un país en descomposición en aquella época, luego se lanza a un cambio (Lima es una ciudad como yo una utopía de mujer).

En su segundo libro, Todo orgullo humea la noche (1988), Ollé desplaza su escritura hacia otros registros, más clásicos, pero que a la vez, sobre todo en la segunda parte, van acercándose a otro discurso de naturaleza distinta, en el cual la estructura de su obra se aproxima más a la narración, sin perder la perspectiva poética. Y finalmente llega ¿Por qué hacen tanto ruido? (1992), que es un ejemplo claro de lo que mencionaba al inicio de esta presentación, un cuerpo literario –creo que nunca mejor dicho– que aunque se podría catalogar como novela que narra la historia de ¿amor? entre dos poetas, es una mezcla entre diario de anotaciones, novela, poesía y finalmente una experimentación con el lenguaje, un espacio de escritura desde la posmodernidad. Este libro fue reeditado en 2015, y me ayudo nuevamente de lo que dijo en aquella ocasión el mismo el poeta Jerónimo Pimentel:

Ollé, en un movimiento posmoderno, pareciera buscar el sentido desde el no-sentido, como si el único camino para alcanzar la plenitud creadora fuera desconfiar de ella y sus afeites. En ese trayecto, el flujo textual, interrumpido y acotado, oscila entre la prosa grácil y anecdótica y la reflexión densa y extrema. El objetivo es siempre vital: reencontrar algo perdido entre la infancia y la convivencia, un espacio de tránsito hacia la adultez revestido de condicionamientos y opresiones.2

Esta obra inaugura una nueva y enriquecida producción narrativa posterior de Carmen Ollé, que por una cuestión de tiempo solo enunciaré: Las dos caras del deseo (1994), Pista falsa (1999), Una muchacha bajo su paraguas (2002) y Retrato de mujer sin familia ante una copa (2007). Nuevamente debo decir aquí que se trata de obras muchas veces fragmentadas, en las que el lenguaje poético, a menudo onírico, se va haciendo forma en una narración que, desde la autoficción, no pierde de vista las primeras preocupaciones de la poeta de Noches de adrenalina pero a la vez incorpora nuevos intereses y visiones de madurez sobre la vida y la creación, que le dan un espacio relevante y precursor entre las narradoras peruanas del siglo xxi.

Sea esta pues entonces, más que una introducción, una invitación a conocer la obra de Carmen Ollé, una gran escritora peruana que destaca desde la poesía, pero para ser más preciso y apropiado, desde los diversos géneros de la literatura.


1 Güich, Javier, «La rebelión de los cuerpos». En En la comarca oscura: Lima en la poesía peruana: 1950-2000, Chueca, Güich y López Degregori (Fondo Editorial de la Universidad de Lima, Lima: 2006).

2 Pimentel, Jerónimo. Presentación de la novela Por qué hacen tanto ruido (Intermezzo Tropical, Lima: 2015). Feria Internacional del Libro de Lima, 27 de julio de 2015.

 

Cajas Chinas

Carmen Ollé

Dos historias. «Ja, la virilidad» es para lectores A que no esperan nada de la vida; «Rubén» es para lectores B, que algo aguardan pero no lo consiguen; es solo la fábula que quedó fuera del escenario, con la cortina baja y la guerra fría terminada. Las dos historias forman parte de un sueño de verano.

Rubén

Ya se lo he contado, pero usted no me escucha. En Torino Gianni conoce a gente importante, muy poderosa, amigos de su padre, nadie se meterá con nosotros, pero Gianni no es una mujer que sirva para hacer contactos, solo para hacer fotos de muchachos inmigrantes, chicos pobres a quienes ella les chupa la sangre, así dice la gente que la conoce bien. Lo mismo hizo conmigo, esta mujer fabrica con sus cuerpos lo que quiere. Una vez recogió a un chibolo peruano, parecía casi un niño, lo llevó a su taller para las sesiones de foto prometiendo que le iba a pagar mucho dinero; no sé qué hacía con él, pero un día los encontré juntos en su gabinete, el chico no podía levantarse solo, no tenía fuerzas, estaba a punto del desmayo o drogado; desnudo sobre la alfombra, la cara demacrada, Gianni parecía un fantasma, los dos a punto de morir, eso creí. Varias cámaras disparaban desde los rincones de la sala, uno y otro flash, algo horrible. Levanté al joven, que blanqueaba los ojos como Cristo, lo bañé con agua de colonia porque apestaba… a ella la dejé ahí en el suelo para que aprendiera a no ser tan mala, le juro, el chico y ella olían a mierda.

Al mocoso le di agua con azúcar, le refregué las sienes con alcohol, luego un vaso de leche con café, saqué de la cartera de Gianni un fajo de billetes y lo llevé a su casa rápido… Cuando Gianni se dio cuenta de todo, ¿qué cree que hizo esta mujer? Seguramente que sin lavarse ni nada, como una bruja gorda oliendo a azufre, se fue a revelar las fotos y a los pocos días organizó una exposición con ayuda de un amigo suyo, que es su manager, así se dice, ¿no? Todos los amigos de su padre que fueron invitados se las compraron a buen precio. Ella les llama esculturas vivas, ese manager además es una especie de niñera pagada por su madre… El pobre chibolo, Rubén se llamaba o se llama, no lo sé, vivía solo en un cuarto inmundo. Tenía madre y un padrastro que abusaba de él desde niño sin que su mamá protestara, según Rubén la madre sabía pero no quería quedarse sola en Milán, sin marido; y por miedo a que le pegara también a ella… Rubén me contó que huyó de su casa cuando tenía apenas catorce años. Yo se lo dije a Gianni: «ese Rubén es un niño, te va a caer la policía por utilizarlo como modelo». Qué más cosas habrá hecho con él, su mamá también estaba enterada y no hizo nada por impedirlo, para esa señora Rubén no vale, no es italiano, solo los italianos cuentan. La habitación de Rubén era una desgracia, ya se lo dije. Quedaba en la azotea de un edificio, en la casa de otra peruana que se lo alquilaba por una miseria y por eso no le echaba una limpiada nunca, caramba… Sobre un colchón en el suelo había un bulto, un montón de ropa sucia, abrí las ventanas, el bulto empezó a moverse y arrojó la manta que lo cubría. ¿Quién lo hubiera dicho? Era un enano, parecía un payaso de circo… nos miró sin comprender nada. Yo me quedé en silencio. Le dejé los billetes al chibolo y me fui… Al rato salió el payaso a buscarme, me habló en italiano, creo que era de Milán, su español no sonaba bien. ¿Su edad? Para adivinos; ni idea, podía tener treinta como sesenta años, da lo mismo.

«¿Dónde encontró a Rubén? Pensé que ya no lo vería más, si no me da una explicación adesso llamaré a la policía».«Yo solo lo acompañé hasta su casa, que él se lo explique, por qué tengo que darle cuentas a usted, ¿ah?»«Rubén es hijo mío, de la mía sangre, por eso, Lei capisce?»«Non capisco niente y ya me tengo que ir».No sé quién lo hizo, debe haber sido uno de los vecinos, pues cuando salía de esa casa, afuera me estaba esperando un agente. Por culpa de Gianni pasé siete días en cana. Ella no me buscó ni se comunicó conmigo y eso que yo les di su nombre y la policía la llamó.

–¿De qué te acusaron?

–De nada, de nada, Rubén les dijo la verdad, bueno, verdad a medias, que servía en casa de la mamá de Gianni y había dormido esos días allá, no la acusó de explotarlo con el cuento del arte…

–¿Por qué quieres encubrir a una mujer como esa?

–Gianni es mala pero me quiere. Capisce?

Ja, la virilidad

Era un día lluvioso. Me detuve porque un ragazzo me señaló algo en el capó, la ventanilla estaba abierta, uno de los faros del auto se había apagado, le dije que subiera. Llévame a tomar una copa, dijo, está lloviendo. Le pedí que se bajara porque había dejado de llover y los dos faros estaban encendidos. El chico se bajó y se quedó ahí, de pie. Un coche se paró a unos metros detrás del mío y un hombre mayor lo llamó desde el interior. Vi cómo le sonreía de costado. Los ojos mirando así, oblicuos. Pero el automóvil partió sin él. Entonces yo abrí la puerta para que subiera. Arranqué el motor y empecé a dar vueltas, sin rumbo. Se llamaba Rubén y era peruano, no tenía empleo fijo, me dijo que ayudaba a un amigo atendiendo en un restaurante. Le ofrecí trabajo en casa de mi padrastro. Se rió. A cambio de qué, preguntó, acariciándose los muslos. Yo insistí en el ofrecimiento, sin mirarlo, sabía que seguía restregándose los muslos, eso me excitó, no por lo que piensa, aunque también por eso, pero sobre todo quería captar la imagen del objeto que se ofrece. Era una maravilla, ya no sabía si me estimulaba como hembra o como artista. Claro que hay una diferencia, es una tontería decir que no la hay. ¿Pero qué podía hacer con un chico como él en mi coche? Por un momento tuve muchas dudas. Parecía un gato perezoso lamiéndose las patas. También sabía que yo era la chica rica y él de la calle, que no había nada de qué hablar si íbamos a un bar, ¡sciocco! Insistí en mi ofrecimiento de trabajo para romper el hielo. Él me dio la impresión de interesarse. Detuve el auto y apunté el teléfono de casa en un papel y se lo di. Eso enfrió el asunto. Tampoco quería tanto. Y lo besé. Quise tocarlo pero él dio un salto. No me dejó que le tocara el pene. No supe qué pensar. Me mostró la lengua, te la voy a chupar, dijo. No piense mal de mí. No pasó nada esa vez. En realidad, él era un chico tranquilo, no entiendo qué hacía en esa calle y a esa hora, si no era como los que acostumbran a deambular por esos sitios. Me confesó que tenía miedo de regresar a su país. Probablemente estaba pensando en la operación, quería ser otro, transformarse en una chica; aunque no estoy muy segura. Mi relación con él fue especial desde un principio. Tenía intención de tomarle fotos, muchas fotos, a él eso lo ponía nervioso, aunque poco a poco la idea le resultó agradable y empezó a posar para mí y para otros que no eran artistas. Lo hacen algunos chicos para ganar dinero, acá en Italia. No me extrañó, aunque luego reparé en algo que me hizo sospechar: los vestidos de mujer, una colección extravagante que él guardaba celosamente con llave en el ropero de su habitación, en casa de mi padrastro. Un día entré sin avisar y lo sorprendí probándoselos. En seguida inventó la disculpa: estaban destinados a su hermana en Lima, que era muy devota de la Virgen del Carmen. Quise tomarle una fotografía pero no me lo permitió. Esa vez lloró. Y no era por vergüenza sino por miedo a que lo obligara a modelar con ellos. Rubén es muy devoto también. Creo que me compadecí un poco de su fe y discutimos, quiso irse de la casa y renunciar al trabajo. Le pedí que me amara en ese instante y no diría nada. Nos amamos, pero no como usted está imaginando. Fue como si lo hicieran dos mujeres, nada más. Yo salí avergonzada, sintiendo que empujaba la situación en nombre de qué virilidad, me pregunté, sí, qué es la virilidad: ¿un pene, es eso? Claro que había un pene, Rubén tenía un pene, y qué si no quería meterlo a una mujer como yo, quería meterlo a esa virgen de las estampas. Júreme que no saldrá de sus labios.

«Propedéutica del cuerpo», decía la tarjeta de invitación. Para la vanguardia posmoderna el cuerpo es una auténtica metáfora. Mi extrañeza fue mayor cuando leí que la autora de los retratos era Gianinna Calo y el curador de la muestra fotográfica no era otro que el detective, el llamado manager, que acababa de conocer. La inauguración tendría lugar en la noche, en un hotel lujoso cuyas paredes estaban recubiertas de espejos y marmolina. Le pedí a Lucero que me acompañara, pero el señor Portales había ido hasta su casa para invitarla personalmente y ella no iba a fallarle de ningún modo; me dio la impresión de que le había caído simpático y que quería ir por su cuenta. Esperé media hora en la recepción y decidí subir. La suite quedaba en el quinto piso, consistía en una amplia habitación alfombrada, con columnas griegas. Varias personas, en su mayoría parejas maduras, circulaban con sus copas de vino frente a la serie fotográfica. No reconocí a nadie, tampoco vi a Lucero ni a Portales. Un mozo me ofreció una copa y no tuve más remedio que ponerme en la fila de los que admiraban la exposición. Las fotos a color no eran de mi agrado, demasiado resplandor y flores: campánulas, hortensias, calas, nardos, sus nombres científicos se registraban en los cartelitos junto a las propiedades de cada una.

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–La artista es una botánica insoportable –me susurró al oído el investigador de la Calo.

Mucho brillo, me dije. –Hmm… allá viene la chiquita.

Lucero vestía una minifalda cortísima de satén rosada, sus senos más erguidos que nunca, rebosantes como si se hubiera inyectado silicona. Portales notó mi inquietud y me tranquilizó:

– No es más que una niña tratando de quererse un poco.

La hija de Jacinta se detuvo junto a la puerta del ascensor, miraba en todas direcciones como buscándonos.

–¿No le parece espléndida? –me preguntó Portales.

–¿La flor del heliotropo?

–Lo digo por la chiquita que está parada en la puerta, la hermana de Rubén. El heliotropo no necesita de nuestro asombro, además es oriundo del Perú.

El detective cogió una copa de la bandeja que le ofrecía un mozo.

–Es espléndida –dijo otra vez.

Lo seguí hasta una pequeña sala donde se exhibían otros cuadros de la Calo. Se detuvo ante la reproducción en serie de una lánguida mujer muy rubia en brazos de un joven mestizo. Toda la serie tenía el mismo tema, la propedéutica del cuerpo, anunciada en la tarjeta de invitación, en las escenas amorosas que se repetían. Solo un detalle marcaba el compás erótico en todas: una flor entre los dedos de los pies del hombre, un pétalo sobre los muslos femeninos, una fina espina incrustada en la superficie delicada de los senos en la mujer o una gota de agua cerca del ombligo del hombre… En el cuadro, el modelo tiene entre los dedos del pie que aferran la rosa un lunar apenas visible, como pintado con un pincel. Qué curioso, el lunar no aparece en otra toma donde los mismos dedos juguetean con una canica de colores.

–El chico es Rubén –observé.

–Fue un favor personal que le hizo a mi clienta al posar para ella. Está pensando que es un escándalo –señaló la serie erótica.

–¿Por qué lo dice?

–Porque él está muerto. Guardar fotos de los muertos apresura el olvido, lo hace más efectivo. La niña esa, su hermana, me lo recuerda de otro modo, cómo decirlo. Cuánto desperdicio veo en su país. La chiquita, por ejemplo, no tiene futuro. Es Rubén en su versión femenina.

Salimos y respiré libremente cuando se alejó. Trata de envolverme con ese aire profético de última hora, pensé. Bebí mi copa de vino y me quedé observando cómo lo rodeaban los recientes admiradores de la Calo a la distancia, una periodista le disparó varios flashes. La sala se había llenado con algunos jóvenes estudiantes que tomaban apuntes, mientras Lucero parecía haber naufragado con la mirada perdida entre el público asistente; seguía de pie junto a la puerta sin hacerme caso. Portales se le aproximó solícito. Fingí interesarme en un ramo de orquídeas. ¿Era la clienta de Portales una artista en verdad o una diletante, fotógrafa fracasada que pretendía acreditarse por estos predios?

Las fotografías eran mediocres. No noté en ellas ningún sello de genialidad, aunque tenían una técnica decorosa. Eso bastaba para encaramarse en las columnas culturales. Rubén era suave, tan suave como Errol Flyn, con la cabellera sedosa de Lauren Bacall, con esa voz de Lauren cuando se dirigía a Humphrey Bogart en Casablanca. Con razón la Calo lo amaba tanto; ella desfilaba detrás de un dios híbrido. Rubén desfilaba en pasarelas imaginarias ante públicos soñados. Había alcanzado la prestancia de una modelo tan cara como la Schiffer, ¿cómo? Eso nadie lo sabe.

–Eso no se pregunta –me dijo Jacinta. –Rubén se cambió de sexo. Era un transexual. –Sí, así dicen, pues, dicen que no es enfermedad y que ahora se opera. La verdad es que yo no sé nada ni quiero saberlo. Para mí ese no era mi Rubén, me lo cambiaron. Tan estirado, más callado que antes, dicen que así es…

Jacinta estaba envolviendo las sartas de cohetecillos en unos paquetes para la fiesta de Collique.

–¿Desde cuándo lo sabe Jacinta?

–El señor Portales… dice que usted tiene un papel de Italia, ¿es verdad?

Asentí.

–Ah no… ¡Entonces es verdad! ¡Yo solo quiero saber dónde está enterrado, mientras no lo sepa no me interesa otra cosa!

Su marido, el sastre, sentado en una banqueta, empezó a toser.

–Para, hombre, ¿no ves que la señorita y yo estamos conversando firme? Yo creo que es como el cáncer, eso no se puede curar. Mi Rubén era un chico normal. ¿Qué le pasó en otro país? Eso lo ha de saber el mismo Dios o el mismo diablo –Jacinta miró al sastre. Este la observó en silencio–. Ahora no dices nada, ¿no? Anoche nomás hablabas cojudeces, que si mi hijo hubiera tenido un padre nada de eso le habría pasado. Para mí que esa maldecida que se dice aristócrata tiene la culpa. Si yo lo hubiera sospechado cuando mi Rubén vino a Lima por última vez, aquí mismo lo habría desnudado para verlo, porque sabe, a mí no me consta, yo nunca he visto que un hombre no tenga nada entre las piernas. Por qué voy a creerlo pues, por qué, dígame, ¿ah? Qué adefesios inventan ahora para tapar sus maldades.

–Yo te decía que estaba raro.

–¡Calla, calla, hombre! La gringa esa es culpable y su cómplice el detective, lo veo en su cara. Él dice que ella es artista. ¡Qué va! Artistas las de mi pueblo, ¿no?

El sastre le dio la razón.

–La Zunilda hacía esculturas de barro bien chéveres…

–Del Che –apuntó el sastre en un acceso de tos.

–Ajá –continuó Jacinta–. Y las pintaba de colores.

Waccha era, bruja y soltera.

–Shh, ¡nada, nada, hombre! Pura palabrería de gente mala y envidiosa. Qué le habrán hecho a mi hijo esos maldecidos italianos. ¿Acaso lo voy a saber algún día?

Jacinta había lavado la ropa del maletín rojo del difunto. Los calzoncillos, las camisetas permanecían colgadas en el patio, era lo único que le quedaba de Rubén. Los había lavado para purificar su memoria: «Aunque tarde, no importa».

Para el sastre de Collique, el cambio de identidad del hijo de Jacinta era cosa del demonio. Jacinta, por su parte, no quería pensar en algo tan lejano o tan incomprensible como renunciar a la identidad sexual. Quizá Rubén sólo se aventuró en un mar aún inexplorado, igual que los antiguos navegantes con el ingenuo temor de caer en los abismos del pasado.

En casa busqué una lectura sobre identidad sexual. Pensé en los griegos, en Alcibíades, en Patroclo, los griegos y su paideia resultaban atractivos y comprensibles, quería una lectura más efectista, que hablara de los espíritus disidentes, de la secta del perro de Diógenes, del waccha . Mi fantasía intentaba recuperar el ánimo de Rubén días antes de la operación, es decir de la cita en el quirófano. ¿Qué rostro mostraba, tenía palpitaciones? El asunto era entrar en el aura de Rubén, pero cómo. Al parecer, Rubén se había suicidado, pero nadie sabía nada más sobre el caso. Su suicidio era real o solo se trataba de un suicidio civil, es decir ni había muerto ni era el mismo de antes. ¿Me importaba este asunto o era una velada estrategia dentro del cronograma de actividades de una directora de ONG para conseguir fondos humanitarios?

(Fragmento de un relato en preparación)

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