Bob Woodward y el periodismo sin alma

Bob Woodward.Como una moto. La vida galopante de John Belushi
Editorial Papel de liar, 2009
526 páginas

A mediados de 1982, el periodista estadounidense Bob Woodward recibió una llamada. Habían pasado solo tres meses de la muerte de John Belushi, la gran promesa del Hollywood de los ochenta, víctima de una sobredosis de heroína, cocaína y otras drogas duras. Por medio del teléfono, un cercano a Belushi le planteó a Woodward que todavía quedaban interrogantes sobre el deceso y que reconstruir los últimos e intensos meses del protagonista del filme The Blues Brothers podría desaguar en un atractivo proyecto periodístico.

Pocas semanas después, Woodward –investigador del escándalo Watergate, premio Pulitzer 1973, autor de más de una docena de libros y paradigma del periodismo de investigación– estaba embarcado en la historia.

Como en cada libro de Woodward, el resultado es una investigación periodística apabullante. Gracias a casi 270 entrevistados, al acceso a documentos facilitados por la viuda y al chequeo de infinidad de otros papeles, Como una moto logra reconstruir minuciosamente el ascenso del talentoso comediante, desde que a los 18 años un profesor de su pueblo en Illinois lo llevó a un casting, hasta que en 1982 fue hallado muerto en un bungallow de Los Ángeles, luego de una parranda maratónica, cuando solo tenía 33 años.

Muy pocos periodistas pueden alcanzar tal nivel de obsesión por los datos. A lo largo de páginas y páginas, el autor logra retratar el itinerario yonqui de su protagonista, poco menos que día a día desde que tocó la fama. Belushi podía iniciar una jornada con un porro de marihuana, seguir con cervezas, anfetas y bourbon, tirarse varias líneas de cocaína, brindar con más bourbon y acabar la noche pinchándose heroína en la casa de un dealer de poca monta. El más insulso de los diálogos de cada parranda está reconstruido en detalle. También aparecen nombres, decenas de nombres, identificando a drogadictos, mujerzuelas, microtraficantes y estrellas de Hollywood como Robin Williams, Carrie Fisher y Robert de Niro. El Belushi de Woodward está decidido a esnifarse el planeta y todos sus amigos se empeñan en ayudarlo.

Pero hay un nudo que la férrea disciplina periodística de Woodward no alcanza a resolver. Pese a sus magistrales condiciones de recopilador de datos, el investigador del Washington Post nunca logra explicar a cabalidad por qué Belushi quiere estallar por los aires. El vacío no es menor si se tiene en cuenta que el gran motor de la trama es el afán autodestructivo de su protagonista. Si bien están todas las estaciones de su trayecto a la muerte, la partitura vital de Belushi (todo buen personaje tiene una, especialmente los trágicos) no aparece. Están los datos, pero no la música.

Woodward nunca logra asir a cabalidad el corazón de su personaje. Y esto tiene que ver con una limitación obvia del periodismo de investigación centrado en los “datos duros”: debido a su exigencia por recopilar evidencia empíricamente chequeable, este género a menudo termina sin revelar las motivaciones profundas, muchas veces contradictorias, que mueven a sus protagonistas.

Basta que el personaje en cuestión jamás haya sido capaz de verbalizar su leit motiv más esencial, y que tampoco existan testigos, confidentes o documentos que ayuden a descorrer el secreto. Bastan esas dos simples condiciones para que el periodista de investigación quede en jaque como retratista del alma. Podrá reconstruir acciones, pero no la esencia de sus promotores.

El periodismo de investigación “duro” no se permite especular sin evidencia tangible. Y eso tiene que ver con Watergate y otros escándalos políticos que marcaron sus orígenes: el género surgió en Estados Unidos a fines de los sesenta, como una herramienta de los medios para contrapesar a los poderosos. En una tarea tan riesgosa la especulación y las interpretaciones “libres” son flancos para los desmentidos y las demandas judiciales. De ahí su obsesión por reconstruir hechos (toda acción humana deja huellas). De ahí también su renuencia a mapear el corazón de sus protagonistas.

Woodward es un tipo acostumbrado a husmear en los pasillos de poder de Washington, por simple estampa mucho más cercano a Frank Sinatra que a Kurt Cobain. Y lo que hace al retratar a Belushi no es más que trasladar el mismo método de investigación que derribó a Richard Nixon al mundillo hollywoodense. Este solo dato basta para recomendar la primera edición en español de este libro, lanzada 25 años después de que viera la luz en Estados Unidos. Para los seguidores de Woodward, es el único proyecto de su carrera fuera de su hábitat natural y en el que víctima y victimario son la misma persona. Para quienes nunca han leído sus libros, es el relato fiel, minucioso y sin hipótesis generalizadoras sobre cómo una estrella marcha alegremente a su encuentro con la muerte.

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