Babar republicano, Elmer liberal: A lomos de los elefantes que encarnan la historia de la literatura infantil del siglo XX

¿Se acuerda todavía alguien del elefante Babar?
A principios de los 80 aún era uno de las personajes más populares de la literatura infantil; hoy en día, es difícil encontrar algún niño que lo conozca. Releyéndolos treinta años después, me doy cuenta de que los libros de Babar fueron mi educación ética fundamental. Suena rimbombante e injusto esto de la «educación ética» siendo Babar lo menos rimbombante que hay, pero es lo que me pasa. Sea cual sea el esponjoso referente de una expresión como «educación ética», es algo que ha cambiado definitivamente entre mi infancia y la de mis hijas. Y la relectura de Babar lo muestra de manera descarnada.
Babar es, además de hermoso, irreparablemente vintage. Es parte de una educación pasada de moda, vetusta, un poco vergonzosa incluso.
Fue gracias a la lindísima edición de Babar. Todas las historias de la editorial Blackie Books que tuve la oportunidad de releer la historia del rey de los elefantes y vivir un rato en esa ciudad colorida, alegre y sofisticada que es Villa Celeste y en ese hogar tierno pero nunca exento de peligros y épica que es la casa de Babar, Celeste, sus hijos Pom, Flora y Alexandre, el primo Arthur, el mono Zéphire y, por supuesto, la anciana dama, esa especie de hada madrina o diosa Atenea, símbolo vivo de la civilización.
Al reencontrarme con las historias de Babar me asaltó esta idea: los que nacimos en los setenta y fuimos educados en hogares progresistas y pretendidamente sofisticados recibimos todavía, junto al incipiente liberalismo individualista que hoy nos atraviesa, una carga enorme de amor a la Ilustración, a la civilización europea, y una presencia (aunque fuera oral) de la muerte y el lado oscuro de la vida: la tragedia, la guerra, los exilios. Hoy en día, en la educación que damos a nuestros hijos también a través de los álbumes ilustrados, hay cosas importantes que por entonces no estaban en el foco: el ecologismo, el feminismo, y por sobre todo el respeto a las diferencias, la exaltación de la libertad de ser diferente y único. El elefante Elmer, personaje estrella del dibujante británico David McKee, es una buena representación de la ensalada educativa contemporánea. Mientras que nuestros papás nos dieron Babar, nosotros damos Elmer a nuestros hijos.1
Me gustaría ser capaz de mostrar algo de la distancia que veo entre Babar y Elmer. Hacer visible el hilo que va del reinado de un elefante al reinado de otro en la historia de la literatura infantil, y lo que ha ocurrido social y culturalmente en el medio. En algunos momentos, dándole vueltas a la comparación en la cabeza, intuyendo que daba para un ensayo larguísimo que nunca tendría tiempo de escribir, llegué a creer que se podría establecer una analogía en la que Babar representaría una educación en el liberalismo republicano y Elmer, el triunfo (¿gris o multicolor?) del liberalismo individualista. Un liberalismo individualista que puede ser consumido hoy tanto por los hijos de un emprendedor, yuppie, aspirante a CEO, como por los hijos de posthippies veganudos, ecologistas y feministas. ¿Podré llenar de contenido y defender esta analogía aventurada? Veamos.

Babar, el republicano
Jean de Brunhoff no fue el creador original del elefante Babar: era su mujer Cecile la que solía contar a los dos hijos, Laurent y Mathieu, la historia de un elefantito que después de presenciar el asesinato de su madre por un cazador furtivo se había escapado a la ciudad humana, había sido adoptado por una señora, vestido, alimentado e instruido, para finalmente volver a la selva virgen cargado de conocimientos y convertirse en el rey de los elefantes.
Mirando a Babar como una creación familiar es irresistible imaginar el hogar de los de Brunhoff por la época en la que nació el personaje, entre 1930 y 1931. El peligroso y tenso París de entreguerras, una casa burguesa y bohemia al mismo tiempo, y también divertida, tierna, creativa. Cecile, la pianista, entre ensayo y ensayo inventa un cuento para sus hijos, y a su marido Jean, el pintor –en un momento de descanso, en la habitación donde trabaja–, se le ocurre llevar la historia de Babar al papel y convertirlo en un libro para uso familiar. Un álbum ilustrado, que cuando se publicó (a expensas de su hermano y su cuñado, también artistas y hombres de letras) fue un éxito y ya en 1939, el año en que el peligro y la tensión eclosionaron en guerra, había vendido en Francia más de cuatro millones de ejemplares. Una saga espontánea, casera, artesanal, de seis historias ilustradas a todo color, que con el paso de los años se convertiría en un clásico universal de la literatura infantil.
Pero, ¿por qué Babar es imposible en nuestra época?, ¿por qué escribí unos párrafos atrás (seguramente en un exceso de lirismo conceptual) que Babar es hoy «irreparablemente vintage»? Intentaré describir las características brillantes y a la vez incorrectas que nos alejan de él. Jean fue diagnosticado de tuberculosis en 1930 y entre 1931 y 1937 escribió e ilustró para sus dos hijos los seis libros de Babar. Murió en octubre del mismo 1937, con apenas treinta y nueve años. Las historias tienen un innegable tono de legado paterno, de compendio de enseñanzas fundamentales, de transmisión desesperada y esperanzada de un modo de estar en el mundo que el contexto político amenazaba impugnar. Un modo de ser sensato, familiero, culto y solidario. El acecho de la muerte y la desgracia se desliza en este legado de un modo que lo hace difícil de digerir para el padre actual.
El orden de las historias escritas por Jean(siguiendo como patrón las primeras ediciones de Hachette) es el siguiente: Historia de Babar, el pequeño elefante (1931), El viaje de Babar (1932), El rey Babar (1933), Las vacaciones de Zéphire (1936), Babar en familia (1938) y Babar y Papá Noel (1941).2 Los tres primeros y el quinto conforman una unidad narrativa, una misma historia. El cuarto y el sexto, Las vacaciones de Zéphire3 y Babar y Papá Noel, son historias aparte, totalmente independientes y subsidiarias de la trama central que se desarrolla con los hitos biográficos de Babar como núcleo. Esta trama central es lo que va del asesinato de la madre de Babar en la tercera página del primer libro hasta la fundación de Villa Celeste, la ciudad de los elefantes, y la formación de una familia por parte de Babar, pasando por su educación primigenia en la gran ciudad gracias a la anciana dama, su vuelta a la selva virgen cargado de conocimientos y su coronación como el más joven rey de los elefantes. Creo que se pueden distinguir tres etapas en este ciclo, que corresponden a tres rasgos fundamentales de Babar como héroe irreparablemente vintage: Babar huérfano, Babar fundador y Babar padre.

Llegué a creer que se podría establecer una analogía en la que Babar representaría una educación en el liberalismo republicano y Elmer el triunfo (¿gris o multicolor?) del liberalismo individualista. Un liberalismo individualista que puede ser consumido hoy tanto por los hijos de un emprendedor, yuppie, aspirante a CEO, como por los hijos de posthippies veganudos, ecologistas y feministas.

 El momento «Babar huérfano» se desarrolla sobre todo en el primer libro, y muestra ya con claridad el carácter central pero complejo (tenso) de la civilización en la cabeza de Jean de Brunhoff. De entrada, la civilización humana hace una irrupción brutal con el asesinato de la madre de Babar delante de su bebé por obra de un cazador. Recuerdo muy bien la impresión que me causaba esa escena a los cinco años; tengo grabada la imagen fría del cazador petiso, anodino, que dispara cobardemente escondido a la mamá elefanta y corre para intentar atrapar a Babar. La cultura humana aparece primero en forma de una gran violencia que destruye el paraíso natural. En este primer movimiento, de Brunhoff se acerca a la idea de la sociedad como corrompedora del idílico estado de naturaleza; la idea de Rousseau de la que emanaría, al fin y al cabo, el ecologismo y en general todas las pequeñas ideologías críticas de la modernidad o críticas de Occidente que constituyen nuestra ética actual. Pero inmediatamente después Babar huye del cazador no a la selva, sino a la ciudad, y ahí es rescatado de la miseria y la desnudez por la anciana dama, que lo alimenta, lo viste, lo cuida, le proporciona los mejores profesores y le abre la puerta al disfrute del arte y de todas las sofisticaciones de la civilización humana.4 En el tono simple, alegre e intenso en el que de Brunhoff nos hace testigos del goce y la felicidad con la que Babar se cultiva se revela su veneración por la civilización europea en peligro.
La parábola de «Babar fundador» comienza ya en Historia de Babar, se desarrolla en El viaje de Babar y se consuma en El rey Babar con la fundación de Villa Celeste. Pero el proceso por el que el elefante huérfano llega a ser un fundador también responde a una doble mirada a la civilización. Porque al final de su accidentado viaje de bodas, después de los más tremendos avatares (incluyendo naufragios y raptos por caníbales), Celeste y Babar son sometidos por los hombres como elefantes de circo, mostrando otra vez la cara opresora y cruel de la civilización humana.
Pero luego otra vez los rescata la anciana dama, otra vez son mecidos por la parte noble de la civilización. Y al volver a la selva Babar decide fundar Villa Celeste. De algún modo, después de este segundo paso por la gran ciudad humana, sube el «escalón republicano»: comparte de verdad con todos los elefantes los beneficios de la civilización; no usa su educación solo para sostener su lugar jerárquico de rey, sino para mejorar la vida de todos sus congéneres fundando una ciudad magnífica. En mi opinión, este libro, El rey Babar, contiene las imágenes más inolvidables, más importantes de Babar. Mi preferida es esa en la que, con su traje verde y su corona, en medio de la sabana, trepado a un cajón –y elevado así sobre la muchedumbre de elefantes que lo rodean entre cajas y baúles con rótulos que dicen «discos», «sombreros», «trompetas», «herramientas», «vestidos»–, Babar le habla a la multitud:

Amigos míos, en estos baúles, paquetes y sacos hay regalos para todos vosotros: vestidos, sombreros, telas, cajas de pinturas, tambores, cañas de pescar, penachos, plumas, raquetas y muchas cosas más. Os daré todo esto en cuanto hayamos terminado de levantar nuestra ciudad. Os propongo llamar a esta ciudad, la ciudad de los elefantes, Ciudad Celeste, en honor de nuestra reina.

Quizás en esa especie de comercio por el cual Babar ofrece un intercambio a los elefantes (su trabajo para construir la ciudad a cambio de la civilización, con todos sus fascinantes objetos manufacturados) está la razón por la cual algún intérprete, como la investigadora británica Jane Doonan, trata a Babar de «elefante emprendedor».5 Creo que ya la condición de huérfano y fundador de una civilización lo emparenta mucho más con Rómulo y Remo6 y con el príncipe fundador hegeliano o schmitteano7 que con el emprendedor comercial. No creo que sea atinado ver en Babar a un anticapitalista, pero sí es cierto que su noción del bienestar social tiene mucho más que ver con la educación y el orden público que con el emprendimiento comercial. Mucho más que un capitalista, Babar es un civilizador. La riqueza material se da de algún modo por sentada; la idea que transmite Babar es que en la ciudad se vive mucho mejor que en la selva. Que vestirse es lindo y bueno, que saber leer, contar, tener un oficio, tocar instrumentos musicales, tomar el té con amigos, ir a la ópera y al teatro, celebrar fiestas, jugar al tenis o practicar el esquí son grandes privilegios, mucho más valiosos que la mera desnudez y la libertad natural de la selva virgen.
Finalmente, el momento «Babar padre» ocupa sobre todo Babar en familia (y de un modo más lateral el fascinante álbum de despedida, Babar y Papá Noel) y supone el elogio de Jean de Brunhoff a la calidez de la vida familiar, a la épica de la intimidad, de la historia personal, más que de la vida política con la que tenían más que ver los libros anteriores. La cantidad de peripecias que rozan la tragedia que viven Babar y sus hijos (el atragantamiento de Flora con el sonajero, el despeñamiento del cochecito de Alexandre o el ataque del cocodrilo a Alexandre) muestran cómo el peligro es parte de la vida y la muerte es inevitable, pero aun así hay que vivir lo mejor que se pueda, con esperanza y con elegancia, y nunca dejarse vencer por el pesimismo. «Criar hijos es difícil, pero son tan bonitos que ya no podría vivir sin ellos» es la sencilla conclusión de este álbum también inolvidable.

El libro acaba con la amenaza antipolítica más fuerte que yo haya leído en la historia de la literatura infantil: «¿Y el forastero? Aún deambula por los pueblos sembrando el descontento. Si algún día te encuentras con él, no escuches lo que te diga».

El libro-álbum como herramienta ideológica
El álbum ilustrado infantil siempre ha tenido un uso educativo bastante explícito. Ya en 1657, el checo Jan Amos Komenský (Comenius), refiriéndose a su Orbis Picus, probablemente el primer libro ilustrado infantil de la historia, decía que el objetivo era que ir a la escuela no les pareciera a los niños un tormento, y como era obvio que los niños se «deleitan con las ilustraciones», bien valía la pena crear una obra que lograse «ahuyentar los espantapájaros de los Jardines de la Sabiduría».8
Hacer que los niños aprendan de un modo que los deleite ha sido (y sigue siendo) el cometido del libro-álbum, pero también, en algunos puntos de la historia, adoctrinar. Dos han sido los momentos más explícitos y claros de adoctrinamiento mediante el libro ilustrado, y los dos dieron lugar a tradiciones fabulosas. La primera fue en la Gran Bretaña y la Norteamérica victorianas a partir sobre todo de la década de 1820, época en la que muchísimos niños aprendieron a leer y al mismo tiempo fueron instruidos en religión y buenas costumbres a través de libros ilustrados. Y la segunda fue la del libro infantil soviético desarrollado cien años después, en la década de 1920. La nueva nación estaba formada por una mezcla de animistas, anarquistas, rusos ortodoxos, musulmanes y judíos creyentes que los bolcheviques necesitaban transformar para crear la nueva cultura atea que se consideraba imprescindible para que la Revolución progresara. Los libros ilustrados infantiles cumplieron un papel importante en la creación de esta cultura y posteriormente tuvieron una gran influencia estilística y técnica en el resto del mundo.
Hoy en día, en nuestras democracias de mercado, ya no hay un movimiento explícitamente adoctrinador que use los libros ilustrados infantiles como medio, pero en los hechos son cotidianamente utilizados como herramientas educativas. Los maestros acuden a las librerías en busca de libros para «trabajar» diversos aspectos educativos. No sólo para enseñar materias sesudas y aburridas gracias al deleite de las ilustraciones, como decía Comenius, sino también para educar en «valores» (amistad, tolerancia, soledad, tristeza, celos, o simplemente «emociones»). Así, se suelen elaborar listas de libros recomendados por las escuelas para los padres, para que «trabajen» con sus hijos. Es en esas listas donde ya nunca, jamás, aparece Babar y siempre, siempre, aparece Elmer.

Elmer, el liberal
En casi todas las entrevistas y artículos en los que habla de su formación, de cómo llegó a convertirse en autor de libros infantiles ilustrados, David Mckee, el creador de Elmer, cuenta la misma anécdota:

Al finalizar la escuela, cuando ya era hora de tener un empleo, tuve que trabajar con mi padre. Él tenía dos semanas de vacaciones al año, mientras que en la escuela me daban tres meses al año. Pude darme cuenta, incluso a esa temprana edad, de que eso significaba un escalón atrás, y que de alguna manera tenía que mantener esos tres meses de vacaciones. La única forma era quedándome en la escuela. Por eso pasé los siguientes seis años en la Escuela de Arte, y cuando los terminé, pude concluir que existía algo mejor que «tres de doce», y por lo tanto debía pasar los doce meses del año de vacaciones y olvidarme del trabajo por completo. Y de hecho, eso fue lo que hice.9

Este espíritu «vacacional» está presente y es el hilo más o menos implícito en todas las obras de McKee. No se trata de una apología de la pereza, sino más bien de una exaltación de la libertad individual, del amor por los espacios en los que nadie obliga a nada y se puede jugar y crear, como si se estuviera de vacaciones. Para McKee todo lo sagrado es lo que sucede en ese espacio de libertad del sujeto no intervenido por poderes exteriores.
McKee nació en 1935 y su carrera como dibujante explotó sobre todo en los años setenta.
Pertenece a una generación (junto con Maurice Sendak, Tony Ross, Eric Carle o Satoshi Kitamura, entre otros) de clásicos modernos del libro-álbum que incorporan en su estilo el colorido onírico de la psicodelia y de otras vanguardias artísticas, sin descuidar la concisión narrativa y el poder simbólico de las historias que cuentan. Ese amor de McKee por el espacio de la libertad individual sin interferencias se ha traducido en muchos de sus álbumes en mensajes a favor de la cooperación (Tres monstruos, 2005) o en contra de la guerra (Los conquistadores, 2004, en el que expone de un modo ingenioso cómo la dominación cultural es mucho más potente que la dominación bélica). Pero sobre todo con la exitosísima saga de Elmer, McKee se presenta como un defensor del derecho a ser distinto, a la diferencia, a la libertad expresada en el derecho a ser como yo quiera (o como me haya tocado) sin que nadie me lo impida. Esto es lo que hace que Elmer esté presente en todos los listados de maestras y maestros de escuela recomendando libros para trabajar valores. En una entrevista de 1996 en la revista española Peonza, el entrevistador lo presentaba así: «Su espíritu aventurero y sus ojos grises vinieron en busca de otros alegres y risueños que le conocían a la distancia a través de colores y de animales, que no entienden de diferencias y sí de risas que acercan».10
Colores y animales que no entienden de diferencias y sí de risas que acercan creo que es una síntesis casi perfecta de lo que representa la saga del elefante creado por McKee para los educadores y padres que tanto la recomiendan y regalan. El hábitat de Elmer es una selva psicodélica, políticamente abstracta, sin un orden, una especie de jardín idílico infinito donde Elmer y sus amigos (básicamente todos los animales) juegan y se divierten. Los conflictos, cuando los hay, son suaves y siempre se resuelven con meros trucos de ingenio (¡Qué gran idea, Elmer!, 1993) o con un cooperativismo espontáneo (Elmer y el gran pájaro, 2008) en el que no hay casi lugar para la angustia, y la sensación reinante es de que siempre que se sea honesto y auténtico (Elmer y el canguro saltimbanqui, 2000) se podrá salir adelante. El nervio de las historias de Elmer es su condición «multicolor» frente al gris de sus congéneres; Elmer es de todos los colores y esto es fuente algunas veces de pequeños malentendidos y problemas (¡Elmer ha vuelto!, 1991), pero sobre todo, casi siempre, de diversión y de excusa para alguna pequeña aventura.
No hay familia en Elmer, y ninguna clase de comunidad organizada. Están sí el primo Wilbur (que es blanco y negro), un bromista que aparece cada tanto, el abuelo Eldo y también la tía Zelda que es una elefanta medio sorda que vive lejos. Todos parecen vivir lejos, todos están solos, pero son libres y felices así. La comunidad aparece como una multitud esquemática y repetitiva con el trasfondo policromado de la propia selva.
Pero el educador progresista que hoy todos llevamos dentro se regodea en el antibelicismo, el ecologismo y la exaltación del derecho a las diferencias de McKee sin ver que todas estas tendencias se dan en una nebulosa cuyo centro fundamental es la defensa a ultranza de la libertad individual. Se trata del progresismo cultural inherente al liberalismo (por el que hoy todos estamos más o menos atravesados), un progresismo cultural perfectamente compatible de hecho con el liberalismo económico más crudo.

Al comparar a Babar con Elmer no puedo dejar de recordar las críticas de Hegel al liberalismo, esa descripción suya del burgués como un individuo que cree que el pavimento de las calles de la ciudad donde vive, su iluminación y su falta de violencia son naturales. El liberal es ciego para ver la violencia original (guerras, conquistas, grandes edificaciones), esa que fue piedra basal para el bienestar del que disfruta y que le permite expandirse en su libertad individual.

El propio McKee da muestras de esta compatibilidad habitualmente silenciada. La mejor forma de comprobarlo es ver cómo en el año 2010, momento álgido de la crisis financiera, cuando se oía aquello de «refundar el capitalismo», McKee publicó el álbum Denver, que es una especie de alegato a favor del emprendedor capitalista y en contra del activista político. En el centro de la crisis más grande del capitalismo en más de setenta años, se pronunció claramente a favor del liberalismo económico como única fuente de riqueza y prosperidad posibles. En Denver (que es el último libro de McKee hasta la fecha) se ve en toda su simplicidad la solidaridad conceptual entre la libertad de ser diferente, la exaltación de la creatividad y la creencia en que sólo los individuos talentosos dejados a su libre albedrío pueden hacer funcionar nuestra sociedad. Denver es un talentoso millonario que da trabajo a muchísimas personas en su pueblo y que, presionado por la llegada de un forastero (representación clara del activista político) que convence a los habitantes del pueblo de que es injusto que él sea tanto más rico que los demás, decide repartir su fortuna entre toda la población y mudarse a otro lado. El resultado es catastrófico: los habitantes del pueblo se divierten al principio con el dinero repartido entre todos, pero como no son talentosos como Denver, lo malgastan y se funden. Al final, necesitan del talento individual de Denver para progresar.
El libro acaba con la amenaza antipolítica más fuerte que yo haya leído en la historia de la literatura infantil: «¿Y el forastero? Aún deambula por los pueblos sembrando el descontento. Si algún día te encuentras con él, no escuches lo que te diga».

El rey está vestido
Babar no puede ser recomendado ya porque es conservador, colonialista, antiecologista y «heteropatriarcal». No en vano Ariel Dorfman dedicó unas cuantas páginas a denunciarlo.11 La anciana dama representaría al Imperio, Celeste a la esposa sumisa y la construcción y fundación de Villa Celeste, la falta más flagrante de respeto al medioambiente y el afán irrefrenable de dominio de las potencias occidentales sobre los países «subdesarrollados».
Elmer, en cambio, no puede ser acusado de ninguna de estas fechorías. En su simplicidad bonachona, respeta todas las diferencias, y no se impone sobre la libertad o el espacio privado de ningún otro. Pero además, aunque ningún pedagogo progresista lo note, la defensa a ultranza de estos valores está en el centro (como muestra cristalinamente Denver) de lo que suele llamarse «neoliberalismo»; algo de lo que ningún progresista actual estaría explícitamente orgulloso.
No creo que esto tenga vuelta atrás y no puedo decir que me parezca mal. Hemos avanzado mucho, ¿cómo va a estar mal que nos preocupe inculcar a nuestros hijos el cuidado del medioambiente y el respeto a las diferencias (sexuales, sociales, culturales, raciales)?
Aun así, al comparar a Babar con Elmer no puedo dejar de recordar las críticas de Hegel al liberalismo, esa descripción suya del burgués como un individuo que cree que el pavimento de las calles de la ciudad donde vive, su iluminación y su falta de violencia son naturales. El liberal es ciego para ver la violencia original (guerras, conquistas, grandes edificaciones), esa que fue piedra basal para el bienestar del que disfruta y que le permite expandirse en su libertad individual.
Como creía también Carl Schmitt (mal que nos pese, el más agudo crítico del liberalismo después del propio Hegel), el liberalismo no funda sociedades. El liberalismo es una defensa (una reacción) necesaria frente a los poderes de una sociedad ya fundada y establecida. No hay una fundación políticamente correcta. Detrás de toda fundación hay violencia, conflicto e imposición.
Quizás, forzando un poco los significados, se podría ver en Babar una reivindicación de la «libertad positiva» según la definió Isaiah Berlin (como el derecho a gobernarme), y en Elmer la defensa de la «libertad negativa» (el derecho a no ser molestado por otros).

* * *

Cuando Babar llega a la ciudad de los humanos por primera vez huyendo del asesino de su madre, deambula desnudo y confundido por las calles, y finalmente queda fascinado por el espectáculo que ve. Así expresa ese momento clave Jean de Brunhoff:

¡Cuántas cosas nuevas! ¡Qué avenidas tan hermosas! ¡Tantos coches, tantos autobuses! Sin embargo, lo que más llama la atención de Babar son esos dos caballeros que se encuentra por la calle. Piensa: «La verdad es que van muy bien vestidos. A mí también me gustaría tener un bonito traje… ¿Cómo podría conseguirlo?»

Al quedarnos con Elmer y dejar atrás a Babar nos quedamos en una civilización de la desnudez, la libertad individual y la autenticidad, y dejamos atrás una civilización del vestido, la sofisticación y el conflicto. Si Babar era el deseo de vestirse bien y gustar a los demás, Elmer es nuestro deseo de andar desnudos y que nadie se moleste.

1 El único libro de mi colección de Babar de cuando era chico que conservo en Madrid es de 1979, de la colección Pequeño Sol de Ediciones Librerías Fausto de Buenos Aires. Veo en la contratapa que Fausto también editaba por esa época El mago y el hechicero y El mago que perdió su magia, de David McKee. Esta convivencia de las obras de los de Brunhoff y de McKee en un mismo catálogo infantil a finales de los setenta podría impugnar de entrada mi hipótesis. Pero creo que sólo habla de que toda generación está en tránsito y que nosotros en aquella época empezábamos a recibir un poco de lo que posteriormente daríamos: ese tipo de libro psicodélico, psicológicamente simple y fuertemente libertario que es Elmer y que McKee cultiva en general en su obra, como intentaré mostrar aquí.
2 Más tarde su hijo Laurent, también dibujante, seguiría la saga escribiendo e ilustrando casi una decena de libros más de Babar que, al menos en la colección que yo leía, venían mezclados con las historias clásicas, que por otra parte en realidad nunca se editaban enteras sino que se dividían en muchas historias cortas. Babar y el cocodrilo, por ejemplo, es una miniatura narrativa extraída del atribulado Babar en familia. Está claro que la continuación de la saga por Laurent la mantuvo vigente y famosa hasta los años ochenta, y le dio vitalidad y fuerza a su inserción en Estados Unidos, fundamental para la difusión mundial del fenómeno. Aun así, los libros de Jean son inconfundibles y de otra calidad, sobre todo en el trazo, más fino y preciso, y en la libertad narrativa.
3 Las vacaciones de Zéphire es una especie de respiro narrativo después de El rey Babar. Más allá de la gracia increíble de la ciudad de los monos (la idea misma, claramente inventada sobre la marcha por Jean, de que así como había una polis de elefantes también podía haber una de monos), este álbum es interesante por una curiosidad: en la parte exótica de su desarrollo, Zéphire aparece atrapado en unas tierras muy extrañas al borde de un mar con unos monstruos que parecen arquetipos, antepasados, de los famosísimos monstruos que dibujaría cuarenta años después Maurice Sendak para Donde viven los monstruos (1977). Parece claro que Sendak quiso hacer un homenaje gráfico a su admirado Jean de Brunhoff. La edición de Babar de Blackie Books incluye, precisamente, un prólogo muy interesante y emotivo que Sendak escribió para la edición norteamericana conmemorativa de los cincuenta años de Babar en 1981.
4 El padre no aparece, como suele pasar entre los animales no humanos.
5 Jane Doonan, «El libro-álbum moderno», en El libro-álbum: invención y evolución de un género para niños, Caracas, Banco del Libro, 1999, pp. 35-57.
6 Más que como símbolo del Imperio, como sugiere Ariel Dorfman en De elefantes, literatura y miedo: ensayos sobre la comunicación americana (Casa de Las Américas, 1988), la anciana dama se me aparece como un análogo de la loba que alimentó a Rómulo y Remo. Pero los papeles de naturaleza y cultura estarían invertidos en la parábola de «Babar fundador»: no se trataría ya de huérfanos humanos amamantados y adoptados por un animal, sino de un animal huérfano adoptado y cultivado por una persona humana, por la figura misma de la cultura. Sin duda, al pensar en el carácter de huérfano fundador de una civilización, es muy difícil no relacionar a Babar con Rómulo y Remo.
7 Más adelante haré referencia otra vez a la tentadora posibilidad de leer a Babar a través de la óptica de Hegel y Carl Schmitt como críticos del liberalismo. Esta posibilidad fue (a sabiendas o no) muy bien explotada por Alan Bunce, director del primer largometraje con Babar como protagonista, Le Triomphe de Babar (1990). En esta película se desarrolla en clave de sátira la típica crítica del decisionismo schmitteano al parlamentarismo. La desopilante incapacidad de Cornelius y los demás sabios para tomar una decisión y su tendencia compulsiva a «formar comisiones» (en lugar de declarar la guerra a los malvados rinocerontes que los acechan, como acabará «decidiendo» Babar) es una de las mejores ilustraciones que conozco de la idea nuclear de Schmitt de que el liberalismo es, básicamente, una «metafísica de la indecisión».
8 Citado por Kenneth Marantz, «Con estas luces», en El libro-álbum: invención y evolución de un género para niños, pp. 7-12.
9 «El libro-álbum como medio», en El libro-álbum: invención y evolución de un género para niños, pp. 141-147.
10 Entrevista de Javier García Sobrino, Peonza 39, Santander, 1996.
11 En Patos, elefantes y héroes. La infancia como subdesarrollo, Madrid, Siglo XXI, 2002


Santiago Gerchunoff es argentino, librero y doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.

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