Apuntes para una teoría del satori

Por Rodrigo Fresán*

UNO

Tal vez, ahora que lo pienso, la consulta constante haya degradado absolutamente la condición y el calibre y el impacto de lo que se conoce como satori.

Se encuentra demasiado fácil algo que en verdad es muy difícil de obtener.

Ejemplo obvio y automático y reflejo pero un tanto turbio: preguntarse qué es el satori y entrar en la Wikipedia (ese templo electrónico de iluminaciones múltiples y enceguecimientos varios) y recibir la respuesta en segundos y con ideogramas incluidos.

Así, el satori como término oriental de la tradición budista y zen y orientador para el despertar o la comprensión al «contemplar la propia naturaleza» descubriendo «de forma clara que solo existe el presente (donde nace el pasado y el futuro), creándose y disolviéndose en el mismo instante; con lo que la experiencia aclara que el tiempo es solo un concepto, y que el pasado y el futuro son una ilusión al igual que todo el mundo físico. Satori es un momento de comprensión al nivel más alto, es ir más allá de la experiencia terrenal. Esta experiencia solo se da en niveles elevados de conciencia, comunes en los meditadores, pero no al alcance de cualquier persona. De acuerdo con Daisetsu Teitaro Suzuki, el satori es la “razón de ser” del zen, sin la cual el zen es “no zen”. Así, cada paso, cada matiz, tanto doctrinal como disciplinario, es directamente hacia el Satori».

Expresión que se funde sin dificultades con la de kenshō, que es la percepción de un vacío a llenar con pura e iluminadora trascendencia. Una vez alcanzado semejante estado, ya se está más cerca y se ha subido el primer escalón o dado el primer paso camino de ser uno de los tantos posibles Budas.

O algo así.

Buena suerte a todos los candidatos y concursantes.

Antes –seguro, y acaso mejor o cargo de menor responsabilidad pero de más grandes gratificaciones– uno se convertirá en un magistral compositor de esclarecedores haikus.

Y ya saben lo que es un haiku, ¿verdad?

 

DOS

Dime dónde leíste/escuchaste por primera vez la palabra satori y te diré cómo eres. Una cosa es segura: se trata de una de esas palabras inolvidables y, por lo tanto, imposible olvidar la frescura iniciática y singular y privada de su sonido para todos y cada uno de nosotros.

Mi caso: en la portada de un libro titulado Satori en París, de Jack Kerouac.

Lo leí, adolescente y por lo tanto tan permeable, como si lo escuchase. En castellano. En una encarnación de 1968 con portada abstracta de la editorial Losada y vaya uno a saber dónde ha ido a parar o a caer ese ejemplar.

De tanto en tanto vuelo a hojearlo y a ojearlo (la última vez fue cuando lo reseñé para su reedición española, en 2009, a cargo de Ediciones Escalera) en mi actual espécimen de la Penguin Modern Classics.

Aquí lo tengo, con foto de Jack Kerouac al frente, su rostro cruzado por sombras.

Satori in Paris es una nouvelle publicada en 1966, cuando el alguna vez novedoso y transgresor «rey de los Beatniks» ya era considerado modelo de automóvil viejo y más bien conservador (los jóvenes ya estaban en otra, buscaban al gurú Don Juan de Castaneda y alucinaban con el LSD). Y, según su autor en una entrevista en The Paris Review en 1968, un año antes de su muerte por hemorragia estomacal e hígado arrasado (y aunque parezca más que improbable, porque para entonces Kerouac no hacía otra cosa que beber y escribir y esconderse bajo la mesa de la cocina en la casa de su madre cada vez que llegaban fans y hippies a tentarlo con una última juerga), «el primero que escribí con un trago a mi lado».

El making-of de Satori in Paris está debidamente registrado en todas sus muchas biografías: Kerouac –por entonces un angelical ídolo caído– llega a la para él sombría Ciudad Luz y a la Bretaña con la «misión» de encontrar el origen de su apellido y rastrear la huella de sus antepasados. No lo consigue. En cambio, pasa diez días desorientado por el alcohol; es rechazado por varias prostitutas y celebrado en Brest por un pariente muy lejano y aristócrata; mira fijo varias lápidas de escritores célebres; visita a su editor en Gallimard (quien, piensa, lo maltrata); se pone de rodillas frente a la estatua de Balzac; y, de regreso al aeropuerto para el vuelo de vuelta que sale de Orly, accede al satori del título en la voz de un taxista llamado Raymond Baillet (aunque también es posible que, por acumulación, también hayan contribuido a su adormilado y autoconvencido despertar una caminata por una calle envuelta en niebla o el rostro de una mujer hermosa, advierte Kerouac). Que al lector no le quede para nada claro el alcance de la revelación –y, se sospecha, tampoco a Kerouac, aunque la describa con un onomatopéyico y casi de comic «ZAM!»– convierte todo el asunto en algo todavía más conmovedor pero infeliz, en la más frustrada y frustrante de las plenitudes.

¿De qué se da cuenta Kerouac aunque no lo explique? Probablemente de que ya no es lo que era porque en verdad nunca fue lo que le obligaron a ser. Lo más peligroso que se puede llegar a ser: un escritor degeneracional porque, se sabe, nada se degenera más rápido que un escritor generacional. Y Kerouac sólo quería ser un escritor a secas y sin fecha de vencimiento.

Suele asociarse la obra de Jack Kerouac a la velocidad de la combustión espontánea, a la euforia sin frenos, al horizonte como límite y a las noches interminables mientras relampaguean saxos y sexos. Pero es una impresión tan fácil como parcial: porque si algo marca a fuego la mística del Mondo Kerouac es una corriente de helada nostalgia.

Así, esa despedida apenas encubierta que es Satori in Paris –tan pero tan lejos ya de esas epifanías de carretera en las que se celebraban, en aquella tan citada parrafada, los encandiladores estallidos de «los locos por vivir, los locos por hablar… los que arden como fabulosos fuegos artificiales»– termina alumbrando el paisaje crepuscular de un hombre solo. Un viajero cansado de viajar, a un costado de la ruta, haciendo autostop junto a los restos de su accidentada leyenda, esperando en vano a que alguien, por favor, lo recoja y acueste en el asiento de atrás, lo cubra con una manta y lo lleve de regreso a casa.

 

TRES

Satori in Paris es uno de esos libros que parece muy pequeño por fuera pero resulta inmenso una vez abierta la puerta de su portada y al entrar allí. Y, aunque tanto los detractores como los adoradores de Kerouac lo consideren innecesario y poco logrado, es uno de mis favoritos. También –digámoslo a modo de advertencia– es uno de los libros más tristes jamás escritos. Y de los más peligrosos: porque de inmediato te obliga a pensar y a recontar tus (im)posibles propios satoris. Y a preguntarte sin responderte si en verdad fueron de verdad y para tanto.

Yo leí Satori in Paris luego del inevitable On the Road y de The Subterraneans. Los tres títulos están teñidos por una eufórica melancolía. Pero, de nuevo y por mucho, Satori in Paris es el más melancólico de todos. (Después seguí leyendo todo lo que había por ahí de/sobre Kerouac y sigo haciéndolo cada vez que se publica algún inédito o lo que sea. Para mí, en lo que hace a lo de/formativo, Kerouac es como Bob Dylan: siempre es interesante. Y, sí, insertar aquí el recuerdo de esa foto de Dylan tocando la guitarra y sentado junto a la tumba de Kerouac –que fue la que me llevó a On the Road o que fue la que me llevó al ahora reencarnado Blood on the Tracks, no estoy muy seguro– por los tiempos en que el suma-cum-songwriter compuso la muy keruciana y satorística «Tangled Up in Blue».)

Y recuerdo haberme preguntado entonces, por primera vez, qué cuernos era Satori y si ese era el nombre del protagonista o… Pero, ya en la primera página, me enteraba por gentileza de Kerouac que era el término japonés para «iluminación súbita», «despertar repentino», o simplemente –para mí la mejor definición de todas– «patada en el ojo».

Desde entonces, cuando me preguntan qué significa satori, yo siempre respondo, con un guiño reflejo pero no nervioso: «Patada en el ojo».

Porque me parece la mejor de todas las acepciones en el sentido de que una patada en el ojo puede dejártelo abierto para siempre y con vistas al exterior o cerrártelo y obligarte a mirar tu interior con pupilas de rayos X.

Y que, en cualquiera de ambos casos, duele. Mucho.

 

CUATRO

De ahí que en la esencia misma del satori haya algo de sadomasoquismo. De acuerdo, te conviertes en alguien más sabio. Pero también, ah, esa patada poniéndote a bailar los volátiles humores de la retina, de la córnea, del cristalino…

Darse cuenta es, también, rendir cuentas.

Y, una vez que te das cuenta de algo, no se puede permanecer a oscuras. La luz que encandila primero ilumina después y ya no se puede apartar la vista o mirar para otro lado.

Se pasa a la reflexión o a la acción; y ya saben todo lo que hizo y deshizo (y eligió) Hamlet cuando se respondió y tuvo muy claro eso de ser o no ser.

Pero, cabe suponerlo, también puede haber diferentes tamaños/voltajes de satoris: S, M, L, XL, y todo eso.

Y, por supuesto, hay satoris colectivos y plurales y satoris singulares e íntimos.

Y así la intensidad de una vida –su, sí, vitalidad– está entonces finalmente determinada por el recuento y la distribución de satoris únicos o masivos. La delgada pero decisiva línea que separa al simplemente contarse del complejo darse cuenta.

A continuación, y a título personal, una breve selección de unos y de otros.

† Santa Claus/Papá Noel son los padres. Los Reyes Magos también. Y, cuando se ha nacido en un hogar de clase media intelectual a principio de los años sesenta, lo más perturbador de todo: los padres no son los padres. Los padres son los abuelos. Los padres son, simplemente, personas que han tenido hijos y que, ahora que los tienen, no saben muy bien qué hacer con ellos. Falsa solución al problema: divorciarse.

† The Beatles son The Beatles y, aunque se divorcien, siempre seguirán siendo The Beatles. No importa que insistan en ser John Lennon & Paul McCartney & George Harrison & Ringo Starr. Fueron y son y serán The Beatles.

† Batman es Bruce Wayne (o, por entonces, Bruno Díaz) y Superman es Clark Kent. Y el satori pasa por comprender y disfrutar que nosotros lo sabemos pero el resto del mundo –en Gotham «Ciudad Gótica» City o en Metrópolis– no.

† Está absoluta y encandiladoramente claro: el fútbol (y sus patadas no sólo en el ojo) no es lo mío.

† Al igual que las matemáticas: bajo la persiana a la materia y no vuelvo a levantarla cuando, en segundo grado de primaria, de repente aparecen esas comas y esas letras alternando e inmiscuyéndose con números y resultados que, a diferencia de lo que sucede con la literatura, se quieren exactos e iguales para todos.

† Pero no importa en absoluto porque yo –desde que tengo memoria, desde incluso antes de saber leer y escribir– no tengo duda alguna en cuanto a que lo que yo quiero es leer y escribir y ser un lector que escribe. En cualquier caso, no recuerdo un momento de revelación absoluta en este sentido (por lo que tuve que inventármelo para un libro mío titulado, nada es casual, La parte inventada). La idea siempre estuvo ahí, como si la hubiese escrito otro para que yo la leyese y la viviese y la siga viviendo y leyendo y escribiendo, como en estas mismas páginas, hasta el día de mi muerte.

† Leo más o menos a mis siete años Drácula, de Bram Stoker, mi primer libro en «versión completa original», y tengo conciencia de pensar mi primer pensamiento como/de escritor: a diferencia de lo que ocurre en las adaptaciones cinematográficas sobre el vampiro, en la novela el Conde aparece poco y nada, en un puñado de páginas. Pero en el resto del libro todos hablan y piensan y no pueden dejar de escribir sobre él. Así, Drácula bebe sangre pero, también, les da una poderosa transfusión de vida a sus perseguidores, pienso entonces y sigo pensando ahora.

† ¡Rosebud era el trineo!

† ¡Y Terry Lennox está vivo!

† 2001: A Space Odyssey y el satori de no entender nada para entenderlo todo.

† Protagonizo un breve y un tanto absurdo secuestro a cargo de la Triple A1 a principios de los años setenta. Recuerdo –durante el durante– sentirme muy deslumbrado por la certeza de que «por fin tengo algo interesante para contar, algo que sólo me ha sucedido a mí» (aunque, claro, por entonces les sucedió a unos cuantos más, y por lo general con finales mucho más infelices; probablemente yo me comparaba con mis compañeritos de colegio). El cuento donde narro todo el episodio demorará unos dieciocho años en escribirse y se llamará «La vocación literaria» y puede leerse al final de mi primer libro, Historia argentina.

† Constantes satoris. Uno detrás de otro. Basta y sobra con abrir algún libro. Son ya tantos a lo largo de mi vida y de mi biblioteca –de mi bioteca– que cada vez que me preguntan por eso de la isla desierta y bla-bla-blá respondo que me cuesta mucho elegir «favoritos». Pero que sí podría identificar a aquellos autores que de no haberlos leído yo no escribiría (para bien o para mal) como escribo. A saber y a releer todo el tiempo: Marcel Proust, Vladimir Nabokov, Adolfo Bioy Casares, John Cheever y Kurt Vonnegut.

En la novela más conocida del último de ellos –Matadero cinco– encuentro para ya nunca extraviar la descripción de una variedad de libros extraterrestres que se ha convertido en lo más próximo que tengo a una ética y a una estética literaria. Aquí está, aquí vuelvo a citar el para mí satoriano párrafo que más veces he citado en mis libros: «Los libros de ellos eran cosas pequeñas. Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos era un tan breve como urgente mensaje que describe una determinada situación. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe una relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos simultáneamente, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda. No hay principio, ni centro, ni final, ni suspenso, ni moraleja, ni causa, ni efectos. Lo que amamos de nuestros libros es la profundidad de tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo».

† ¿Y qué son los satoris sino momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo?

† Y Bob Dylan, claro. Bob Dylan, quien casi al final de una canción advierte que «Nada es revelado». Una tarde me compro Bringing It All Back Home Highway 61 Revisited Blonde on Blonde. Los escucho, uno detrás de otro, esa misma noche. A oscuras, con audífonos, mientras todos duermen. Tengo unos dieciséis años, y para el amanecer, esa voz y ese fraseo me han llenado los oídos de patadas. «Visions of Johanna» (junto a «A Day in the Life» de The Beatles y «Big Sky» de The Kinks) es una de las tres grandes canciones-satori de mi hit-parade privado.

† Un walkman (con Bob Dylan en sus tripas) y una bicicleta y me convierto en un verdadero as de las peligrosas calles de Buenos Aires. Sobre ella hice cosas impensables y arriesgadísimas y casi suicidas, para pasmo y admiración de conductores de autobuses y autos que me odiaban con admiración y pasmo. (Llegado un punto casi suicida y completamente demencial de osadía absurda y estúpida intrepidez, decidí regalarla y dejar de dar vueltas por mi ciudad de nacimiento porque, pensé, de seguir así cada vez faltaba menos para que se convirtiese en mi ciudad de fallecimiento). En cualquier caso, más allá de toda proeza loca, lo que más disfrutaba sobre ruedas y pedaleando era –a la madrugada, toda para mí, vacía, con los semáforos coordinados a favor y en verde– bajar a gran velocidad por la avenida Santa Fe y pegar esa curva cerrada de la calle Maipú (donde vivía Borges, a quien una vez atropellé de a pie; ver de nuevo Historia argentina) que te abría los pulmones y te entrecerraba los ojos y te hacía sentir que, sí, todo iba bien, que todo se movía hacia adelante, que uno iba a llegar a todo lo que estaba por venir.

† «The horror! The horror!» (Coppola y no Conrad) en labios de Kurtz, entre las ruinas inmemoriales de un mundo que se arruina de nuevo día tras día…

† … con el siempre renovado y jamás vintage convencimiento de que el ser humano es malo por naturaleza. Que vive haciendo un enorme esfuerzo para ser más o menos bueno o moral. Y que basta nada más que una ligera presión sobre dos o tres botones para que se abran las esclusas que ya no podrán cerrarse: porque cuando uno se asume como malo, no bien que venga y, sí, Charles Dickens era un optimista patológico y lo de Scrooge no es verdad. (Si usted es una de esas personas que de un tiempo a esta parte piensa que no hay nada mejor o más sabio que las series de televisión, ver o rever Breaking Bad Better Call Saul para entender lo que aquí intento explicar.)

† O entender definitivamente que la absoluta comprensión de algo –del verdadero y mínimo lugarcito de uno en el mundo– puede deparar la más inapelable de las tristezas. Ejemplo: esa terrible escena –en una obra maestra de los hermanos Coen– en la que el protagonista y músico folk hasta entonces soberbio y convencido de su grandeza Llewyn Davis escucha de reojo y al fondo y fuera de foco, en un sótano-café del Greenwich Village, la voz única y armónica soplando en el viento de un joven recién llegado de Minnesota de nombre Bob Dylan cantando «Farewell». Una voz que llegó para quedarse y para arrasar con tantas otras voces, la de Llewyn Davis incluida.

† Energía cósmica: pedir un deseo que, finalmente, es una orden. Cumplirlo y obedecerlo. Pirámide del Sol, Teotihuacán, México, Planeta Tierra, Vía Láctea, el infinito y más allá. (Aquí también subió Jack Kerouac, acompañado por Allen Ginsberg y Peter Orlovsky, y cubiertos por una niebla de marihuana contemplaron durante horas las gigantescas hormigas negras trepando sin prisa ni pausa los estrechos escalones de la pirámide diseñados para los pies pequeños de los aztecas. De bajada, iluminados e insolados, se cuidan mucho de no pisar ningún insecto sagrado por temor a ser castigados por uno de esos dioses emplumados con nombres largos y crujientes.)

† La revelación de que esa NO es la mujer de tu vida.

† La revelación de que esa otra SÍ es la mujer de tu vida…

† … y la madre de tu hijo.

† El hijo de tu vida.

† De regreso en Buenos Aires, mi homeópata me informa –con el aire casual de quien te dice qué hora es– que «la configuración de tu pupila se ha modificado por completo: tienes los ojos nuevos». Patada en el ojo. Una en cada uno.

† Pregunta infalible para todo escritor sin respuesta: ¿cómo se te ocurren esas ideas? Afortunadamente, no hay truco preciso ni fórmula secreta ni método preciso. No Satori como el No Future punk en lo que hace a esta cuestión. Pero sí puedo asegurar que mis mejores ideas se me han ocurrido lavando los platos o cruzando avenidas anchas.

† O leyendo.

† Una cálida presencia helada a los pies de tu cama, en la oscuridad. ¿Hay alguien ahí? Sí. Y sé perfectamente de quién se trata. Y, apenas minutos más tarde, me llaman por teléfono para informarme que el dueño de esa sombra luminosa ha muerto; acaba de vivir y empezar su muerte para convertirse en inmortal. Y uno ahí, pensando, no en si le pasará lo mismo (porque está claro que va a pasarle, que tarde o temprano va a morirse) pero sí en si tendrá tiempo o se le permitirá la última voluntad (tal vez involuntaria) de flotar fuera de su cuerpo y despedirse antes de partir rumbo hacia…

† … ¿dónde? Ah, sí: hacia allí, allá vamos. Y lo último que se lee en Satori en París es: «Cuando Dios dice “Yo he vivido”, olvidaremos a qué se debió toda despedida».

 

CINCO

Mientras tanto y a propósito y hasta entonces, permanece el preguntarse si en el brevísimo pero inmenso instante del satori se produce (en un nivel anatómico-psicológico) algún tipo de des/balanceo químico existencial. Algo similar (aunque en pequeña dosis) a lo que ocurre durante el Big Bang del nacimiento o el Big Pfff de la muerte. La luz por delante cuando salimos del túnel de nuestras madres, la luz al final del túnel de nuestras vidas que rogamos no sea la de un tren que viene a toda marcha hacia nosotros.

Lo que me lleva, inevitablemente, a lo que seguramente sea mi satori insuperable pero del que, evidentemente, no sé nada. (No lo supe sino hasta mis veintidós años, cuando recién me lo contaron):

Nací clínicamente muerto luego de un parto muy largo y difícil por mi excesivo peso y que (me jura mi madre) llegó a incluir apagón eléctrico en todo el hospital por tiempos de tecnologías menos desarrolladas. Así, llegué incluso a ser declarado R.I.P. y dejado de lado y ya de camino hacia la morgue. Mi madre –me contó– perdió el sentido y se despertó de regreso en su habitación convencida de que lo de la maternidad quedaría para más adelante. Pero, de pronto, doctor y enfermera me trajeron de regreso y le informaron que no entendían cómo había sido posible pero, sí, yo estaba de vuelta.

Y aquí sigo.

Lo bueno de no recordar qué vi al Otro Lado y qué me traje de allí es que, según mi humor del día, puede haber sido cualquier cosa. Desde una certeza muy sencilla hasta, en ocasiones, la respuesta a los enigmas más insondables del universo. Lo que yo desee, lo que se me ocurra.

Así que entonces lo imagino, como si lo escribiese.

Y no lo escribo pero –¡ZAM!– sí lo pienso ahora.

Hoy, por ejemplo, fue esto:

 

 

1 Alianza anticomunista argentina

*Rodrigo Fresán es escritor. Sus últimos libros son La parte inventada La parte soñada.

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