Alejandro Almazán: México y la violencia infinita

Alejandro se justifica tanto por las cosas buenas como por las malas. Lo hace porque es nervioso y también porque le gusta la precisión. Ha pasado más de la mitad de su vida narrando historias. Con su pelo engominado siempre hacia atrás, sus gafas sin marco y su risa intermitente, responde con la complicidad del colega, especialmente cuando llegamos a las preguntas ingenuas. Él, que lleva veintiún años cubriendo el crimen y la violencia en México, no mira el reloj cuando se trata de aclarar dudas sobre su oficio: ser cronista.

A sus cuarenta y cuatro años, Alejandro Almazán, chilango de nacimiento, como se les llama a los nacidos en Ciudad de México, va de una ciudad a otra, escribe, se mete en problemas, habla con sus «compas», se dice infrarrealista y vive con Handala, su perro pug al que nombró por un caricaturista palestino asesinado en los ochenta por criticar a los regímenes árabes y al gobierno israelí.

Para entender más al personaje, se puede decir que es politólogo de la UNAM, que ha sido periodista de planta para los diarios Reforma y El Universal –aunque ahora ostente ser free lance–, y hace una columna semanal en el periódico Maspormás. Ha ganado tres premios nacionales de periodismo en México y un García Márquez de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) a la mejor crónica en 2013; esta, «Cartas desde La Laguna», describe con un ritmo impresionante y datos desoladores la guerra entre los carteles de Sinaloa y Los Zetas en la zona de Coahuila y Durango.

Ha publicado siete libros, cinco de no ficción y dos de ficción, entre ellos la novela El más buscado, basada en la vida del mítico narcotraficante mexicano Joaquín Archivaldo Chapo Guzmán, de quien dicen que cuando se enteró de la existencia del libro usó la imagen de la portada como avatar en su chat del Blackberry.

Chilango de barrio

«Mi terapeuta cree que escribo sobre el crimen y la violencia porque trato de justificar a mi bisabuelo. Él era un matón y ladrón de los años cuarenta. Según ella, yo estoy tratando de reivindicar a Cutberto Rodríguez (¡hasta su nombre es genial!). Mi teoría es que para mí es normal hablar del crimen, porque vengo de ahí. Cuando creces en un barrio peligroso, lo que ves es violencia intrafamiliar, bullying, pobreza, drogadicción, pandillas, grafiti, asaltos, muertos… Ese es el barrio en el que creces. Mi infancia estuvo rodeada de violencia; aunque mis padres nunca fueron violentos conmigo, nuestra vida tenía cosas jodidas como las de cualquiera. Pero mis amigos sí la vivían en carne propia. Ellos estaban acostumbrados a que sus padres vivieran en el negocio.

Es así, creces, te maleas, vas al colegio y tienes quince o dieciséis años, vas al bachillerato y luego a la universidad. En este caso, la UNAM, la gran universidad, donde sufrí un shock porque me di cuenta de que soy de barrio, con el caló chilango, que no tenía el suficiente lenguaje para expresarme, que no había leído lo que habían leído otros compañeros, que no sabía quién era Juan Rulfo u Octavio Paz. Cosas tan obvias que a esa edad tenía que tenerlas en mi biblioteca mental y no las tenía. Entonces, dije, las quiero aprender, no quiero ser un tonto. Empecé a estudiar y fui dejando el barrio… O mejor dicho, pasé a ser un intruso en el barrio y lo veía de otra manera.»

Andrés Manuel, el primer libro

«El primer libro que escribí fue en 2006 sobre Andrés Manuel [López Obrador, político mexicano y excandidato presidencial] y cómo había perdido las elecciones de ese año. Si bien es cierto que el gobierno, en ese momento encabezado por Vicente Fox del PAN, hizo todo para tumbarlo, el libro habla de cómo Andrés Manuel perdió por ser soberbio y sentirse ganador desde meses antes.

En medio de esa tormenta me buscan para hacer este libro, un libro coyuntural. Aunque no era mi deseo hacer algo tan lejano a lo romántico (pensar el libro, darle vueltas a las historias, tomarse el tiempo de decantarlo), Óscar Camacho y yo aceptamos y lo tecleamos en quince días. La calidad de la escritura no tuvo el cuidado que debió tener, es un reportaje de 200 mil caracteres, escrito a cuatro manos. Eso es mi primer libro.

La historia del país no habría sido diferente con Andrés Manuel como Presidente. La verdad, no sé si él habría lanzado al ejército a la calle, aunque al final le hubiera tocado porque la policía no está preparada para enfrentar la violencia del narcotráfico. Al contrario, la policía se hace parte de esos grupos criminales que tratan de combatir al Estado. Lo que sí ocurrió con Calderón, que pudo no haber pasado con Andrés Manuel, es que la cantidad de carteles se multiplicó.  Al hacerles la guerra se fueron fraccionando. De los cinco o seis carteles que había tradicionalmente en México, ahora hay entre sesenta y setenta, la mayoría son pequeños cartelitos, pero están ahí.

En la UNAM, la gran universidad, sufrí un shock porque me di cuenta de que soy de barrio, con el caló chilango, que no tenía el suficiente lenguaje para expresarme, que no había leído lo que habían leído otros compañeros, que no sabía quién era Juan Rulfo u Octavio Paz.

Al final Andrés Manuel debe pensar “menos mal que no fui Presidente en el 2006”.»

Entre la ficción y el periodismo

«Me ofrecieron hacer una biografía del Chapo y yo dije que no por dos razones: una era el miedo, y la otra es que es un personaje clandestino, la mayoría de las historias sobre él son leyendas. Por eso quedamos en mejor hacer una novela. El pacto con el lector era: todo esto es mentira, yo voy a hacer el esfuerzo de la verosimilitud, que en periodismo se trata de los pequeños detalles y en la novela se trata de la lógica.

Trabajar con la ficción también es complicado. Porque vas por otro canal y cambias el chip, pero tu alma reporteril te va ganando. Al final escribes sobre lo que sabes y lo sabes porque es la realidad. Eso sirve para ficcionar. Cuando te dan temas como el del Chapo, que ya está muy dicho pero no tan escrito, entras a la perfección del personaje. Hoy en día lo pensaría porque los tiempos han cambiado. Si antes el personaje era alucinante, ahora es delirante.»

La época más fea

«En 2006, [el entonces Presidente de México] Felipe Calderón lanzó al ejército a las calles y comenzó la guerra contra el narco. En 2007 explotó la época más fea. Pero eso venía de antes, en los dos últimos años de Vicente Fox ya la violencia estaba desatada y no tenía control, aunque no se hablaba de ella.

En esa época éramos tres o cuatro locos haciendo reportajes y hablando de que estaban matando a la gente, que las estaban desapareciendo. Y nos decían que estábamos locos, que cómo se nos ocurría decir que habían colgado la cabeza de una persona de un puente, por ejemplo. Y nosotros decíamos ¡no!, no nos estamos inventando las historias, ahí están, solo tienen que ir a reportear. Pero no lo hacían. Entonces, hasta el 2006, que es cuando arrecia la guerra, las historias de narco empiezan a salir más.

Yo empecé a cubrir narco en 1994 y ya desde ese entonces se veía cómo venía. Les decía a mis colegas que ese era el tema del futuro, pero me llamaban loco. Mis editores me decían “Alejandro, ya no queremos que escribas más sobre narcos”, pero un par de años después volvieron y me ofrecieron escribir sobre el mismo tema.»

La nueva muerte

«Ahora con Peña Nieto las cosas están igual. Llevamos 51 mil homicidios este año, que empezó con diez mil muertos más que los que tuvo Calderón al comenzar su tercer año de gobierno, uno de los más fuertes de la guerra. En ese momento ya no se estaba viendo tanto cadáver en la calle, sino que la nueva muerte eran las fosas comunes. Hay que excavar para encontrarlos, por eso se ha hecho tan difícil el conteo. Antes de Peña Nieto ya las cifras eran resbalosas, ahora son peores. Ahora hay contradicción permanente entre medios y entidades oficiales. Es un país donde no hay claridad sobre cuántos desaparecidos hay. Un día alguien dice que son treinta mil y al día siguiente que son cien mil y después que son veinte mil. Y la peor parte es que todas las cifras son creíbles.»

Ser cronista

«Para mí la crónica tiene la función de informar, pero de una manera distinta a la de la nota informativa. Cuando haces una crónica tu curiosidad va más allá, haces otras preguntas y la función del cronista es explicarle al lector un problema. Es decirle: “Esto fue lo que yo entendí, mira, así están las cosas”.

Me ofrecieron hacer una biografía del Chapo y yo dije que no por dos razones: una era el miedo, y la otra es que es un personaje clandestino, la mayoría de las historias sobre él son leyendas. Por eso quedamos en mejor hacer una novela. El pacto con el lector era: todo esto es mentira, yo voy a hacer el esfuerzo de la verosimilitud, que en periodismo se trata de los pequeños detalles y en la novela se trata de la lógica.

En mi crónica “Cartas desde La Laguna” no sé si cuando terminas de leerla entiendes lo que pasa en La Laguna. Yo sé que al final yo decidí que así iba a ser el texto, y no puedo escribir mil hojas para explicar hasta el último detalle de Torreón. Lo que hice fue una estampa de lo que a mí me tocó ver. Uno escoge su universo, lo que va a contar.

Por ejemplo, Jon Lee Anderson es maravilloso, lleno de datos. En él el dato antecede a la frase. Luego hay otros, en los que está la frase y en esa frase trata de decir algo. O está Martín Caparrós, que construye con los datos la misma historia que te atrapa. Yo intento que las crónicas tengan los datos, los personajes por dentro, un tipo que me cuente su vida y que haya cifras para que eso represente algo en la historia.

El punto es que como periodista vas a agarrar esa parte que a ti te toca vivir, que a lo mejor tú fuiste y ese día era el día en el que apareció fulanito de tal o cuando pasó el gran acontecimiento, y vas al día siguiente y ya no está igual.

Cuando yo fui a La Laguna estábamos solo dos reporteros: Carlos Loret, de Televisa, y yo. Carlos estaba en una tanqueta del ejército con chaleco antibalas y un casco, y todos los soldados con el rifle en la mano. Así reporteó el Cerro de la Cruz. ¿Qué hizo Carlos? Alteró la realidad, porque eso no existe. Los militares no se meten al Cerro de la Cruz. Lo hicieron para mostrarle cómo estaban las cosas. ¿Y por qué no se meten? Porque los militares están en el negocio, son los que cuidan a los narcos que están ahí. El asunto es que Loret tuvo su historia, yo la mía.

Es muy riesgoso no saber a quién creerle porque se trabaja más con mitos que con cifras. Lo que sí creo es que los que hacemos crónica no traemos el gran dato, sino la historia. El dato, llegas y lo pones, pero en una crónica el dato, aunque es vital, no es tu materia prima. Una vez que consigues la carne y hueso, el número queda relegado. Pero claro que se corre riesgo, porque en medio de toda esa pirotecnia lingüística avientas el dato que de pronto está equivocado y se maquilla, pero ¡no! El periodismo tiene reglas y necesita comprobación. A mí me ha pasado veces en las que, al día siguiente de escribirla, veo la historia y tengo algún error en el dato que te jode la historia, te jode el día. Y al final, tú no puedes confiar en el editor, menos en el editor de periódico.»

Narcos y El patrón del mal

«La voz en off de Narcos [la serie de Netflix sobre Pablo Escobar] jode mucho, da mucho contexto, por eso la dejé a la mitad. No me gustó que fuera narrado todo desde la visión gringa. Yo me enamoré del personaje de El patrón del mal, y en Narcos no tienen esa profundidad con los personajes. No empatizas con ninguno, ni siquiera con Pablo o con el agente de la DEA. Está hecha para los gringos que empiezan a sentir cercano el tema narco y se preguntan quién es el Chapo Guzmán.

Me enamoré del personaje de El patrón del mal, y en Narcos no tienen esa profundidad con los personajes. No empatizas con ninguno, ni siquiera con Pablo o con el agente de la DEA. Está hecha para los gringos que empiezan a sentir cercano el tema narco y se preguntan quién es el Chapo Guzmán.

De hecho, Narcos es una gran producción, pero a mí no me latieron temas estéticos, como que el agente de la DEA prácticamente salva a todo el mundo. Le dice a un personaje que se ponga el chaleco antibalas y este no le hace caso. Le dice al otro güey que no se suba al avión y el güey no le hace caso, y así. Sí, sí, la ficción está padre, pero tampoco.

Una vez me propusieron hacer una teleserie del Chapo Guzmán, pero dije que no porque era terminar consolidando el mito del personaje.»

Los infrarrealistas

«Tengo un grupo de alrededor de quince amigos con los que decimos que somos una clica. En la casa de todos los de la clica hay una calcomanía que dice “Este es un hogar infrarrealista, favor de pasar y subvertir”. Eso nos lo regaló el periodista mexicano Diego Osorno, de él viene toda la idea. Él es un apasionado de Roberto Bolaño, más del poeta que del novelista. A mí también me gusta, pero de pronto me gusta más Santiago Papasquiaro. El hecho de que nos gusten autores que pertenecieron al infrarrealismo hizo que un día Diego escribiera un manifiesto infrarrealista y lo leyera en Caborca, Sonora, que es una ciudad que Bolaño menciona mucho en Los detectives salvajes. Un manifiesto buenísimo que a mí me gusta mucho, y ahora nos dicen así.

Aunque me parece padre, no quiero ser Bolaño ni Papasquiaro. Para mí es más como un juego. Diego se lo toma más en serio, porque él siente que somos el tipo de reporteros que no van a fuentes oficiales, sino que están ahí. Pero para mí es saber que el periodismo es periodismo. No somos detectives, no somos policías, somos de esos tipos que Trotsky decía que eran la revolución permanente. Eso es lo que somos como periodistas, los que pasan todo el día jode que jode. Ese es nuestro papel.»

La violencia infinita

«Los Zetas surgen en 1999 y se convierten en la banda criminal del terror. Ellos se inventaron la violencia infinita, se dieron cuenta de que grabando un asesinato, grabando cómo con una motosierra le estás cortando la cabeza a alguien, o sacándole los ojos, o descuartizándolo, se crea miedo. Entonces YouTube se convirtió en el Netflix del horror, y los otros carteles han replicado el modelo. Por ejemplo los de Guerreros Unidos, acusados de la masacre de los chicos de Ayotzinapa, presumen de su violencia en actos como deshacer personas en ácido, pero todos los hacen: el cartel de Sinaloa, el de Tijuana, el del Golfo, el de Juárez y todos los otros minicartelitos que hay.

Nos hemos acostumbrado a ver cadáveres así todos los días. Para nosotros el reciente colgado de Iztapalapa, una delegación de Ciudad de México, es una imagen normal. Hoy los perió- dicos traen en sus portadas el miedo, el número de muertos, la sordidez de los carteles. México está en una crisis de falta moral, de credibilidad y creo que los periodistas, las ONG y los investigadores serios son los que tienen esa moral y el poder de reactivarla en otros y de que la sociedad no pierda lo que ya perdió el Estado.»

La terapia necesaria

«Casi desde la adolescencia voy al terapeuta, pero nunca había hecho clic con ninguna hasta los 33, que fue cuando conocí a Milly. Era súper buena onda, pero se terminó yendo al Tíbet. Antes de irse me dejó tres números a los que nunca llamé hasta que murió mi mamá en 2007 y yo no podía levantarme. Pasé un mes borracho y drogado, encerrado en casa. Ahí supe que necesitaba terapia, hablar con alguien, y ahí di con Angela.

No somos detectives, no somos policías, somos de esos tipos que Trotsky decía que eran la revolución permanente. Eso es lo que somos como periodistas, los que pasan todo el día jode que jode. Ese es nuestro papel.

Con ella no voy todo el tiempo, solo cuando me cargo con cosas muy pesadas del trabajo o cosas pesadas de mi vida, peor cuando se conjugan ambas. Bueno, ahí es cuando voy. En terapia termino liberando mucho. Yo pienso que en el mundo todos deberíamos ir a terapia desde que somos niños, tener pediatra y terapeuta. Así tendríamos personas más buenas y menos zafadas.

Hay muchas formas de liberar tensiones. También está la del fin de semana y tomarse unos tragos con los amigos. Yo no había reparado en ello hasta que fui a hacer un reportaje a Acapulco. Estuve con el fotógrafo todo el tiempo y ese día vimos siete muertos. A mí no me gusta verlos, pero ese día me propuse que iba a seguir al fotógrafo, que era de nota roja, y terminé muy mal. Me tomé mi antidepresivo, que me tomo por problemas del colon, y le dije a Bernardo, el fotógrafo: “La verdad, lo que quiero es irme ya a mi casa a dormir”. Y él me dijo: “No, quédate y vamos a la playa”. Entonces, eso hicimos y él se puso súper borracho y cuando ya estaba en pedo me dijo que solo así sacaba sus demonios y lloró, y mientras lloraba me contaba historias que nunca me había contado y mientras lo escuchaba a él sentía que me escuchaba a mí. Y no, no quiero terminar así, emborrachándome hasta lo último y platicar de todas las historias que he visto, por eso la rehabilitación de la que hablé antes. Uno se va cargando con cosas que vive en el trabajo, algunas salen cuando escribes, pero también necesitas otras cosas como la terapia, que es una buena herramienta y muy necesaria.

Hace un par de años, mi terapeuta me dijo: “Alejandro, tienes que tener una rehabilitación mental, es momento de que escribas historias divertidas, o que escribas una novela en la que sangres todo lo que llevas adentro”. Entonces me prometí que por un año no escribiría nada de violencia y me puse a escribir sobre historias de éxito. Pero dos meses antes de acabar el año arrestaron al Chapo…»


Teresita Goyeneche es máster en relaciones públicas y comunicaciones de la Universidad Autónoma de Barcelona. Coordina el Premio Gabriel García Márquez que entrega la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Medellín. 

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