Aguafuertes viajeras

 Hebe Uhart. Viajera crónica
Adriana Hidalgo, 2011

Cuenta Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes porteñas lo siguiente: “Me escribe un lector. Estimado señor: Me he enterado de que ha salido una novela suya llamada Los siete locos. Como dispongo de poco dinero para invertir en libros, le agradecería me diera algunos datos respecto a ella, para saber si vale o no la pena de gastarse el tiempo y unos pesos en su lectura”. Con esta presentación comienza una de la serie de crónicas publicadas por Arlt en el diario argentino El mundo entre 1928 y 1933.

Esa atmósfera de ironía y absurdo sobre las situaciones cotidianas, y el interés por las formas populares de expresión en el lenguaje que conformaban muchos textos de Arlt, se recuerdan positivamente en Viajera crónica de Hebe Uhart, una recopilación de crónicas publicadas en su mayoría en el diario El País de Uruguay. Frecuentemente asociada a Felisberto Hernández, me parece interesante comparar el trabajo como cronista de Hebe Uhart con lo que hacía Arlt ochenta años antes: nos encontramos con ese rescate de la oralidad y las costumbres sociales en las que pocos se enfocan directamente; con humor ácido y fresco, con curiosidad por los detalles bellos y ridículos del mundo, de pueblos, de barrios, de ciudades, y siempre centrando el foco en el registro oral, en su habla propia y “coloquialidad”. Para ello la escritora argentina realiza un recorrido extenso como una viajera crónica, abarcando lugares insospechados que van desde Argentina a Italia, dedicando también un capítulo a su paso por Chile.

Tal como el término lo refiere, “aguafuerte” remite al grabado de una lámina con la técnica al agua fuerte. Para Arlt era el relato impresionista, grabar una imagen, captar una situación. Se identificaba con la obra de Facio Hebequer y declaraba: “Nada de colores, tinta y carbón”. Si Arlt fue el cronista en blanco y negro, Uhart construye también aguafuertes, pero de colores. Hebe Uhar se interna en el mundo del cronista con su estilo sencillo y elegante, recopilando con suspicacia lo local, lo folclórico. El recorrido de esta antología comienza a orillas del Paraná y luego sigue hacia Córdoba, Rosario, Quito, Cuenca, La Paz, Santiago, Puerto Varas, a comunidades toba y a la ruta de los Nahuel Pan. Cada lugar pareciera estar concatenado con el siguiente entregando una sensación de continuum, de que el viaje no se acaba nunca, como uno quisiera. Una sensación de viaje permanente y sin tiempo. Eso es lo que transmite cuando recién arriba a cada lugar. Una cronista aventurera y poética sin ostentar serlo, que llega a cada lugar con la mente abierta y muy buen humor.

Entre las tantas cosas que interesan y emocionan a Uhart están los refranes. A muchos pueblos llega en busca de ellos, de otros sale no sin antes anotarlos, y de ahí se desprende lo curioso y desopilante de varios episodios. Como cuando va a Tapalqué, “el pueblo de los refranes”. Nadie entiende por qué está allá, porque no suelen recibir visitas. Al llegar, le cuenta a la señora que la va a hospedar –con el objetivo de que le entregue alguna información útil– las razones de su llegada y su interés por saber de este pueblo, conocido por engendrar refranes propios, algunos que llevan transmitiéndose por décadas. Cuenta la autora: “Ella me dijo: Yo de esas cosas no entiendo. Yo soy una señora de mi casa. Yo, de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa”. “Y ¿dónde trabaja, señora? –En mi casa– me dijo sonriente”. Ya en Chile decide ir a conocer la iglesia de San Francisco, “que queda en la Alameda, la calle más conocida de Santiago”. Una vez dentro de la iglesia le llama la atención un agradecimiento al patrono de los animales: “Gracias san Francisco por sanarme de distemper. Tu perrita agradecida”.

El placer por narrar esa oralidad que se mantiene intacta y al mismo tiempo está en permanente cambio se vincula con la necesidad de transmitir vivencias que son locales, pero al mismo tiempo comunes a todos los pueblos, ciudades o grupos humanos que arman una sociedad. Esa particularidad, esa originalidad pasa a ser un ideario común con historias curiosas. Arlt decía que ser cronista suponía andar “balconeando” y “orejeando”. Así como al autor le interesaba exponer el mundo y el habla de la calle, el lunfardo, Uhart también busca plasmar lo popular, poniendo el acento en lo humorístico y nostálgico como parte sustancial de esa oralidad y rescate de tradiciones. Eso, apoyado en una mirada mordaz acerca de la idiosincrasia de algunos lugares, en donde analiza críticamente el contraste ruralidad / modernidad, el problema del mestizaje y las conductas cívicas en las diferentes ciudades. Esta búsqueda de la vivacidad del lenguaje y sus más curiosas formas de representarse en el registro oral las relaciono inevitablemente con Proyecto Cartele, un espacio creado por tres argentinos que recopila fotos de carteles involuntariamente cómicos, poniendo la atención y el interés en los usos del lenguaje, en la representación gráfica de las ideas, las diversas formas de escribir una palabra, etc. El proyecto se plasmó en un libro que se agotó rápidamente (hoy en día tiene un sitio web donde los usuarios pueden enviar sus fotografías “cartele” y además se transmite como un espacio de continuidad en el canal argentino I-Sat). Los ejemplos son simplemente notables y no dejan de sorprender las impensables formas en que se puede escribir la palabra “roast-beef ”. Y un buen detalle, en el libro figura el cartel de nuestro querido pueblo de la VII Región, Peor es Nada. Esa ruralidad originaria y viva a la vez es la que revela Uhart en sus pequeños relatos de profundos detalles. Es ese humor involuntario de los refranes, los dichos, las costumbres, y todo lo que se genera alrededor de cada pueblo o ciudad que visita.

Por último, es destacable la construcción del sujeto cronista del libro (casi siempre es explícitamente la propia Hebe) y que fue tal vez un proceso no consciente, que se fue generando con el desarrollo de sus crónicas. El cronista acá viaja y escribe en soledad. Esa es una imagen importante que recorre el libro de principio a fin: Hebe Uhart viaja sola e incorpora, integra y absorbe todas las experiencias e impresiones desde ese foco; ella, viajera solitaria acompañándose a sí misma en su propio diálogo, que lleva a cabo a través de sus crónicas. Esta viajera crónica recoge impresiones que procesa internamente, y eso tiene algo de melancolía. En algunos pasajes, tal vez los más rurales, la narración induce a un cierto estado de ánimo un poco “wertheriano”, en donde se busca la simpleza y belleza de lo original, ligado a las tradiciones, y por lo tanto, a la naturaleza. Estas crónicas tienen la característica especial de mantener un temple poético de una manera muy sutil, sin intentos de preciosismo.

En Viajera crónica Uhart expone sus impresiones por medio de una escritura sencilla, evocadora, positiva e irónica, como aguafuertes llenas de detalles y colores. Como un grabado que plasma la idea del viaje como la forma posible de encontrar las imágenes y las palabras que busca.

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